Fingir demencia: el malestar político entre el exceso y el desafecto

1 julio, 2026

Compartir

Por Renata Prati

 

El miedo que nos da tener roto el corazón

se usa demasiado a menudo en nuestra contra,

de formas tan ingeniosas que duele.

Así que para soñar un mundo nuevo tendremos

que hacer algo con ese corazón roto.

Gargi Bhattacharyya 

 

El gesto de levantar los brazos y deplorar la locura del mundo, de casi todas las demás personas sobre esta tierra salvo una misma, que sí ve y lamenta el desquicie, no es para nada nuevo. Expresa un sentimiento de agobio, una impotencia vencida, sincera, donde ceder al espanto es reconocer la propia impotencia y eso, extrañamente o no tanto, además consuela. Podría hacerse una historia muy larga de esta Pathosformel, quizás, que el politólogo estadounidense Brian Klaas, en un ensayo sobre la “banalidad de la locura”, resumió con el famoso grito de Edvard Munch. Pero lo que sí es relativamente nuevo es levantar los brazos ante la locura de todo en un mundo atravesado de pies a cabeza por el vocabulario y la autoridad de una psiquiatría científica y globalizada. Eso suma dinámicas y desafíos propios.

Desde esa noche nefasta de noviembre de 2023 en la que nos quedamos sin excusas ni mucha expectativa, el gesto se repite periódicamente en nuestro país. Nos horroriza lo que pasa y queremos hacer algo al respecto, así que tratamos de entenderlo, razonarlo, pero lo que pasa desbarata todo sentido de lo conocido, lo racional y lo manejable, así que nos rendimos. Pero el gesto de lamentarse ante la dura pared que es la locura de la época no es solo (aunque también) ni siempre (aunque a veces sí) una mera renuncia a hacer y comprender. Es también la antesala a la comprensión y lo que vuelve a poner en marcha el ciclo, resaltando el problema y quizás incluso acercándonos la clave interpretativa para destrabarlo. Porque, para bien o para mal, el vocabulario de la psiquiatría es una de las principales herramientas que tenemos hoy a disposición para dar sentido a los sentimientos difíciles, problemáticos, si no trastornados. Y es a ese tipo de sentimientos que justamente nos enfrenta el malestar del presente.

Era catarsis 

 

A fines de mayo de 2025, en un posteo público de Facebook (esa antigüedad), Georgina Orellano compartió las charlas que tuvo el domingo de elecciones porteñas con un joven fiscal de La Libertad Avanza. La crónica, breve pero rica en ideas, matices y sensibilidad, termina cuando ella le pregunta qué es lo que a él más lo atrae de esta nueva derecha: “Ahhh es re fácil tu pregunta, Milei es un roto como yo, por eso me identifico”. 

No estoy trayendo nada demasiado nuevo: las claves del malestar y la locura son puntos nodales de buena parte de los análisis sobre las nuevas derechas radicales. Lo curioso, sin embargo, es que al tiempo que sus líderes rechazan de plano todo intento de psiquiatrización, parece claro que tanto Trump como Milei sacan una fuerza especial de su imagen desencajada, desquiciada, rota. Tiene un rol acá el encanto específico de los sentimientos extremos que expresan o ponen en escena, y que funcionan como una especie de imán para malestares muy extendidos y también muy extremos. Como señalaron Pablo Semán y Nicolás Welshinger en su análisis del “mileísmo de masas”, la extrema derecha supo darle voz y reconocimiento al malestar, hacer públicas experiencias de “un malestar mudo y privado”. Lo que propongo subrayar acá es que la conexión logra producirse justamente por el carácter extremo de esos sentimientos. 

Mi argumento tiene dos partes. Por un lado, creo que es importante reconocer que la extrema derecha supo escuchar y validar una serie de malestares que en alguna medida son legítimos, preexistentes y que además están en aumento. Por el otro, sin embargo, me parece igual de importante enfatizar que esa atención al malestar no se traduce en un alivio duradero, no puede traducirse en un alivio duradero, porque la extrema derecha viene a reforzar las estructuras que producen el malestar, no a transformarlas. Si el malestar va en aumento, esto es, la extrema derecha tiene buena parte de la responsabilidad. Pero la extrema derecha se las ingenia igual para que esto no menoscabe su atractivo, su respaldo, y tal vez eso es lo que más nos desconcierta, lo que más nos frustra, lo que más desquicia: ¿cómo puede ser? (Y en este punto muchas veces volvemos a levantar los brazos al cielo, con resignación). El truco clave, quisiera sugerir, es la oferta doble de la extrema derecha: reconoce el malestar, le da cabida y canales de expresión, pero al mismo tiempo ofrece caminos para evadirlo, que aunque no son un alivio ni ninguna transformación real, sí disimulan sus fuentes y transforman el dolor, crucialmente, en bronca, desafecto y violencia. 

Porque, además de la identificación, las extremas derechas ofrecen un modo de lidiar con el malestar que es muy distinto de las estrategias progresistas. “Dejemos al progre lloriquear, le concedemos alegremente el monopolio de los lloriqueos”, arengaba Laje: “Nuestra energía no proviene de los lamentos, sino del coraje de saberse resistiendo”. El vínculo de la extrema derecha con el malestar puede parecer paradójico: si su tracción se debe a su capacidad de conectar con el malestar, ¿cómo entender entonces que exhiban con tanta frecuencia esa actitud de indiferencia y frialdad ante el sufrimiento y la vulnerabilidad? ¿Cómo decir que la derecha supo conectar con el malestar si también sostienen rutinariamente que la empatía es un “suicidio civilizatorio”? Seguro en esto incide una cierta selectividad sobre quién merece la empatía, pero creo que hay algo más en juego. Creo que también tiene que ver con la promesa del león, que es el otro lado de la oferta doble como su jugada maestra: se trata de darle lugar al malestar y negarlo al mismo tiempo. Lo que hace la extrema derecha con el malestar es reconocerlo, sí, pero justamente por eso, justamente porque duele, luego enseñar a mutearlo. Porque no es sino eso lo que pide un malestar excesivo, desbordante, insoportable: bordes que lo vuelvan soportable, cuando no que lo eliminen de raíz.

El truco clave de la extrema derecha: reconoce el malestar, le da cabida y canales de expresión, pero al mismo tiempo ofrece caminos para evadirlo, que aunque no son un alivio ni ninguna transformación real, sí disimulan sus fuentes y transforman el dolor, crucialmente, en bronca, desafecto y violencia. 

La dinámica es lastimosamente evidente en las provocaciones de Andrew Tate, un influencer misógino, exboxeador, condenado por violación y tráfico sexual en Rumanía hasta que Trump lo sacó de la cárcel y lo devolvió a los Estados Unidos, que afirmó más de una vez que “la depresión no es real”. En un video publicado el primero de enero de 2025, Tate lo explicaba con la siguiente historia: 

Si tenés dos personas en una casa embrujada y hay un ruido en medio de la noche, el que no cree en fantasmas va a suponer que es el viento y volver a dormirse. El que cree en fantasmas va a suponer que es un fantasma, se va a despertar, va a entrar en pánico, va a tener miedo y llamar a un exorcista. Es creer en el fantasma lo que le da poder, no el ruido en sí. La razón por la que digo que la depresión no es real es porque ahora ya no puedo deprimirme porque no creo que sea real. Así que si me mandan a una celda rumana y no tengo la menor idea de cuánto tiempo voy a estar ahí y la estoy pasando mal no puedo convertirme en una persona deprimida porque no creo en la idea o el modelo mental de la depresión. […] Ni siquiera se trata de tener razón, se trata de adoptar un modelo mental que me haga lo más competitivo posible. Si creer que la depresión es real va a ponerme en la posición de creer que soy una persona deprimida, tal vez querer matarme, ¿por qué voy a creer en eso? Suena horrible, suena como prenderme fuego a mí mismo. 

El argumento es de un voluntarismo y un simplismo pasmosos, pero a la vez pivotea sobre una ambigüedad crucial: él sí la está pasando mal en la cárcel. La casa sí está embrujada, así la presenta, pero negar la realidad del fantasma lo hace más capaz de lidiar con él. Exista o no el fantasma, la cosa es que no le sirve de nada admitirlo, no sirve de nada pasarla mal por algo que no puede cambiar. No se trata de la verdad (esto lo dice con un cigarro en la boca), sino de la fuerza: “me niego a creer en cosas que me sacan poder”. Son muy elocuentes las imágenes que ilustran el discurso: cuando presenta al tipo sano e inteligente que no cree en fantasmas aparece él, por supuesto, todo musculoso, durmiendo como un bebé; cuando se refiere a la otra persona, la miedosa, todas las imágenes son de mujeres, por más que sigue hablando en masculino, y una tiene además una biblioteca de fondo. Este esquema de género no es casual, por supuesto. No es causal que las formas de locura que invocan los líderes de extrema derecha sean locuras agresivas, delirantes, activas y potentes, nunca trastornos feminizados como la ansiedad o la depresión. Se trata de superar la depresión política feminizada con un desborde violento de locura heroica y masculina, se trata de salir de tanto malestar por el camino más corto: el atajo de simplemente negarlo. Está en tus manos, es fácil, basta con que decidas no creer en lo que te pesa: las estructuras de injusticia y desigualdad no son reales, no pueden lastimarte. 

Salvo que sí, obvio. Y cuando se queda corta, lo que por supuesto ocurre en cada esquina, esta frágil fantasía de poder se sostiene echando mano de la violencia, la crueldad y la agresión como formas de compensación y catarsis, como alquimias para no sentir el dolor. La violencia necesita un blanco, que por supuesto no pueden ser las verdaderas causas del malestar, así que se inventan otras: el chivo expiatorio de los débiles, los ñoquis, la casta, los cucas, las feministas. Se infla el espectro del comunismo, que de creerle a Milei hoy deberíamos poder ver sobrevolando el mundo entero; se fabula el fantasma del género como la principal amenaza del presente. Así, como analizó Judith Butler, se absorben, desplazan y atizan ansiedades de un modo que, para colmo, “nos impide hacer frente a esas fuentes de destrucción del mundo que son reales”. A la extrema derecha le interesa capturar y explotar el malestar, no resolverlo: lo usa para conectar con las porciones cada vez más grandes de la población que tienen razones muy reales y extremas para estar mal, ofreciendo fórmulas mágicas para no sentirlo y habilitando formas violentas de no sentirlo a la fuerza, y luego se encarga de desviarlo lo más lejos posible de las causas reales de ese malestar. Y, para mantener en marcha semejante maquinaria, la extrema derecha justamente necesita el malestar. Es su combustible, y no tiene la menor intención de aliviarlo.

Captura de un video corto posteado por Andrew Tate en X: "Depression Isn’t Real". https://x.com/Cobratate/status/1874438757207945255

No es causal que las formas de locura que invocan los líderes de extrema derecha sean locuras agresivas, delirantes, activas y potentes, nunca trastornos feminizados como la ansiedad o la depresión.

Fingir demencia 

 

A veces sentirse mal es No sentir,

sentir que no hay ningún sentimiento, 

porque no hay lugar público para ellos.

Pero No sentir también es un sentimiento.

Y puede protegernos de sentir demasiado.

Ann Cvetkovich

 

El malestar es el gran problema y el gran desafío de los tiempos críticos que corren. Es la gran pregunta, pero no es una pregunta simple, porque no se trata solo de averiguar de dónde viene o cómo se lo canaliza, cómo se lo desvía, cómo se lo manipula. El malestar no es solo el de les otres. Cuando nos preguntamos qué hacer con el malestar, cómo arrebatarles a las nuevas derechas esa línea directa que consiguieron entablar con buena parte de los malestares de nuestro tiempo, también nos enfrentamos a la pregunta por el malestar redoblado que eso nos genera, y sobre todo a la cuestión de qué hacer frente a eso, o cómo carajo seguir haciendo cualquier cosa, de hecho, entre tanto malestar. La pregunta es al menos doble: si vamos a tener alguna chance de conectar mejor con esos malestares, no nos queda otra que encontrar primero la manera de lidiar mejor con nuestro propio malestar. Aunque quizás no sean, en última instancia, preguntas tan distintas. 

En la Argentina de los últimos años se hizo popular una frase autóctona, aunque también acusa la presencia del vocabulario psiquiátrico importado en el habla cotidiana, que resume bien las dinámicas que describí en el apartado anterior: “fingir demencia”. En efecto, la estrategia de reconocer y negar el malestar no es sino un modo de admitir el problema y a la vez ignorarlo olímpicamente. En una jerga más seria, alude a la renegación freudiana que analizaron Rodrigo Nunes y Alenka Zupančič como fuerza clave en las contradicciones del presente. Y, como queda claro tanto en sus análisis como en los usos cotidianos de la expresión criolla, no es un fenómeno exclusivo ni de los líderes de extrema derecha ni de sus votantes. No está libre de críticas y controversias, pero igual usamos la frase “fingir demencia” con frecuencia y versatilidad, tanto en discusiones políticas como en la vida diaria, tanto en tercera como en primera persona, tanto para criticar las evasiones y omisiones ajenas como para señalar y permitirnos, jocosamente, también algunas propias. “Fingir demencia” va más allá del viejo y conocido “hacerse el tonto” (o el bobo, boludo, sota y un largo etcétera): aunque esté velada en su exposición a simple vista, lavada y torcida en el tono de chiste, es la autoridad del diagnóstico médico lo que le da fuerza a la frase, lo que sube la apuesta desde el coloquial “hacerse” hasta un término más cargado como “fingir”. Como señaló Marina Larrondo: “A diferencia de la negación a secas, fingir demencia es autorizarse a fingir”. Pero ¿cómo llegó a quedarnos corto “hacerse el tonto”? ¿Por qué sentimos, cada vez más, que necesitamos la autoridad de algún diagnóstico (a veces en chiste, otras muchas muy en serio) para negociar nuestras experiencias de malestar?

La estrategia de reconocer y negar el malestar no es sino un modo de admitir el problema y a la vez ignorarlo olímpicamente.

Una segunda diferencia importante con la negación es el lugar que ocupa el saber en la renegación del “fingir demencia”, que no lo tacha ni lo borra sin más, como haría o al menos trataría de hacer la negación, sino que lo pone entre unos paréntesis extraños. El diagnóstico de demencia apunta a las facultades cognitivas, pero de un modo distinto, menos oposicional del que se juega en los delirios, por ejemplo, otro término del vocabulario psiquiátrico que figura con frecuencia en el debate político. Por supuesto, también hay elementos de delirio en las estrategias de extrema derecha: en las teorías conspirativas, en el negacionismo climático o el negacionismo del covid, en el fantasma de la “ideología de género” como responsable único y último de todos los males de la humanidad y en las recetas fantasiosas y disparatadas que proponen para solucionarlos. Pero incluso estas formas de delirio y negación encierran un núcleo de verdad: sí, el mundo anda mal, muy mal. Y es duro enfrentarse a esa verdad. Demasiado duro. En este esquema, la función de los delirios es precisamente atenuar esa desazón, reconduciendo el malestar hacia guiones más simples, personalizados en vez de estructurales. El delirio y la negación están al servicio de una operación más compleja de renegación, que a la vez expone y neutraliza “la dimensión verdaderamente traumática del capitalismo”. Fingimos demencia precisamente porque sí sabemos que el mundo está muy, muy mal, pero es una verdad demasiado dura, demasiado vasta, demasiado extrema como para estar sintiéndola todo el tiempo. Necesitamos atenuarla un rato, si no falsearla por completo; la diferencia es importante, pero creo que también es importante notar que las distintas posibilidades –entre, digamos, tomarse un descanso de las noticias y ser terraplanista– responden a una misma demanda. 

Me preocupa cuando las críticas de la extrema derecha derivan en llamados a la racionalidad, el pensamiento estratégico o la moderación. Primero, porque así se ignora la demanda muy comprensible de la que se aprovecha y alimenta la extrema derecha: un malestar tan grande pide con urgencia algún alivio, un consuelo, si no una solución real, al menos alguna compensación afectiva. Esto no quita que lo que hace la derecha con todo eso es sumamente problemático, y que haya que criticar sin ambages sus trampas, sus inventos, sus fantasías. Son promesas que anestesian para traicionar, pero el problema es la traición, no la anestesia. Porque, en segundo lugar, esquivar el malestar y la necesidad correspondiente de desafección nos lleva a nuestra propia fantasía progre de creer que era posible “gestionar” semejante malestar (retomo el término de Emiliano Exposto). Esa es nuestra propia forma de fingir demencia, nuestra propia forma de gaslightear a quienes no votaron como queríamos. Nos empeñamos en no ver que, como señaló Nunes, el desborde de las nuevas derechas radicales “en cierto sentido es una reacción más racional al estado actual de las cosas que la creencia en que todo podría seguir como antes”. Más racional, esto es, como más proporcional: el lío en el que estamos y el malestar que nos causa son de verdad extremos; la política moderada, sensata, “normal” que conocíamos nunca iba a ser suficiente. Y, por último, porque ni siquiera está claro que la razón pueda ser el remedio para todo esto. La renegación, el “desentenderse”, como subrayaba Zupančič, es resistente al conocimiento: en la fórmula “Lo sé bien, pero igual” que retomaba de Octave Mannoni como paradigmática de esta operación, la presencia del saber es fundamental. No se puede contrarrestar el “pero igual” simplemente con más saber, porque “la razón de ser del ‘pero igual’ no es otra que el ‘lo sé bien’”. A diferencia de la negación, este desentenderse no excluye al conocimiento, sino que lo incorpora. Fingimos que no sabemos lo que sabemos, lo que de hecho estamos diciendo que sabemos, así que no va a cambiar nada que alguien nos enrostre ese saber: es justamente lo que desencadena y sostiene al fingimiento. El desafecto no se arregla con conciencia, porque la conciencia es el motor y el corazón del desafecto.

Captura de un video corto posteado por Andrew Tate en X: "Depression Isn’t Real". https://x.com/Cobratate/status/1874438757207945255

Fingimos que no sabemos lo que sabemos, lo que de hecho estamos diciendo que sabemos, así que no va a cambiar nada que alguien nos enrostre ese saber: es justamente lo que desencadena y sostiene al fingimiento.

Sí, es difícil pensar en medio de la tormenta de mierda que provoca la derecha. Sean o no reales los fantasmas y los monstruos, es difícil pensar cuando tenemos miedo. Es difícil pensar en medio de los ataques y ofensas constantes a nuestros valores, a nuestras formas de vida, a nuestras condiciones básicas de existencia y sí, también a nuestra salud mental y nuestra cordura. Y claro que es adrede. Pero, de todos modos, no sé si pensar es lo que nos va a sacar del lío. Pensar estratégicamente, analizar con calma, seriedad y cuidado las causas, las dinámicas y las consecuencias de los procesos sociales y políticos en curso es por supuesto muy necesario; es solo que no sé si va a hacer la verdadera diferencia. No, al menos, si seguimos entendiendo la racionalidad en los viejos términos griegos de la medida, la proporción y el lenguaje, si seguimos entendiendo la actividad de pensar como algo divorciado del sentimiento y el compromiso situado con el mundo que nos rodea. Si queremos desarmar las formas nocivas del desafecto, la indiferencia y la crueldad que alimenta la extrema derecha para sostener las estructuras más perversas del statu quo junto con la farsa de cambiarlo, tendremos que poder conectar con esos dolores que supieron captar mejor. Tendremos que “ejercitar la capacidad de hospitalidad”, como dijo Nunes, lo que tal vez implique conectar incluso, de alguna manera, con la demanda de desafecto. Después de todo, también es difícil de pensar cuando nos estamos ahogando de dolor. 

Es difícil pensar en medio del desastre. Pero el desastre ya está acá, y para hacer algo con eso vamos a tener que encontrar la manera de cuidarnos, escucharnos y acompañarnos mejor. Porque vamos a tener que poder poner todo de nosotres: no solo el pensamiento. 

 

Este ensayo fue extraído del capítulo “Fingir demencia: el malestar político entre el exceso y el desafecto”, publicado en Cecilia Macón (comp.), Fervor y temblor. Las nuevas derechas radicales desde el giro afectivo, Florencio Varela, UNAJ, 2025. El libro completo es de descarga gratuita a través del siguiente en este enlace

Renata Prati es filósofa y traductora. Trabaja en la intersección entre el giro afectivo, la filosofía de la psiquiatría, la teoría feminista y los estudios sociales de la ciencia y la tecnología. Publicó los libros Poetas del dolor (Omnívora, 2024) y Esta es tu pena (Siglo XXI, 2025).