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Por Milagros Porta
1.
Existe una entrevista donde Juan José Saer dice que escribe contra Borges porque no le queda alternativa. Entonces cuenta que Respiración artificial en realidad iba a tener un título más borgeano, algo como La prolijidad de lo real, pero Piglia lo descartó porque dijo: a ese viejo tengo que sacármelo de encima. Se suele decir que cada escritor argentino tiene que resolver qué hace con Borges. Y hay tantas respuestas como escritores. La especie de “tradición contraborgiana” urdida en Lamborghini, Perlongher, Copi. Los jóvenes que, voluntariamente, lo ignoraron.
En el caso de la literatura de Juan Mattio, si ese viejo es un evento inevitable, no es menos cierto que colisiona con otros imaginarios. La nación de los sueños diurnos es la invasión en Borges, pero también es la invasión en Oesterheld; es la experimentación formal sofisticada de revista Sur, pero también es la historieta masiva. Es la invención, es el concepto, pero también es la aventura y el mamotreto. A esa combinación de tradiciones Juan, siguiendo a Mark Fisher, la suele llamar modernismo pulp, y me parece una de las aventuras de la literatura del presente.
Por eso quería empezar por esas dos líneas de invasiones argentinas en el siglo XX, las de Borges y las de Oesterheld. Dos senderos que se bifurcan, se alejan y se vuelven a juntar.
Todas las imágenes son de la película Invasión, de 1969, dirigida por Hugo Santiago y escrita en colaboración por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares
2.
Las invasiones en las obras que siguieron el camino marcado por el pulp estadounidense del siglo XX, carrera espacial y guerra fría mediante, suelen ser encuentros con el espacio exterior, con el misterio y la vastedad del universo. Están informadas por el lugar común del primer contacto, ese motivo de la ciencia ficción norteamericana donde la invasión es extraterrestre y lo desconocido es no-humano, como en La guerra de los mundos de Wells. Pero en algunas obras emblemáticas de la primera ciencia ficción argentina, o en ciertas obras más bien inscritas en la literatura fantástica, a la dimensión militar se le suma una dimensión psicológica: los enemigos son invisibles, como los Ellos de El Eternauta, o bien son casi abstractos, como los intrusos de Invasión (Hugo Santiago, 1969). El atacante en estas obras es difuso, opaco, y su moralidad es ambigua, igual que la de los atacados. Así resumía Borges la sinopsis de Invasión: “es la leyenda de una ciudad, imaginaria o real, sitiada por fuertes enemigos y defendida por unos pocos hombres, que acaso no son héroes. Lucharán hasta el fin, sin sospechar que su batalla es infinita”.
Estos hombres tienen una investidura trágica, porque son unos tangueros melancólicos que se defienden mal de los ataques y saben que no tienen chance de salir victoriosos, pero siguen adelante bajo la lógica del tan caro a Borges culto al coraje. La ciudad que defienden, Aquilea, desorganiza el mapa de Buenos Aires en una cartografía imaginaria, un rompecabezas radical donde las piezas se unen a fuerza de cortes, elipsis y montaje. La ciudad está extrañada, el enemigo es irreconocible y la narración es tan económica que a veces es difícil de seguir: no debería sorprender que en su modernismo todavía despiste a sus espectadores, desesperados por no entender. Tengo que admitir que pensé en Juan Mattio cuando el personaje de Lautaro Murúa le dice al de Olga Zubarry: “¿Le cuento un secreto? A mí me gusta jugar a los misterios”.
3.
La nación de los sueños diurnos narra una invasión que primero es mental: la de la inteligencia artificial sobre los recuerdos humanos, y después la de los deseos y los miedos que abren portales que hacen ingresar al mundo “objetos perdidos, animales muertos, personas ausentes, irrealidad”. Lo más obvio es pensar que su tradición es el New Weird, o referirse al espacio interior de la New Wave, pero nos convocaron para hablar sobre invasiones en Argentina. Entonces me interesa pensar que el nivel de abstracción y de opacidad de la invasión que narra está en el ADN de la ciencia ficción nacional, solo que acá están radicalizados. Llevados al extremo. Principalmente lo que está invadido es el tiempo: “El principio de continuidad está roto”, piensa uno de los personajes, y eso aplica también para la forma de la novela. No hay continuidad estilística, porque casi todos los capítulos inauguran un procedimiento narrativo nuevo, ni continuidad cronológica, porque la novela abarca cien años, pero los cuenta desordenados. A lo largo de sus capítulos, diferentes personajes insisten desde cosmovisiones y marcos teóricos disímiles con la idea de la irregularidad del tiempo. Se habla de loops, se habla de personas que están enfermas de no-tiempo, se habla de materia “ni viva ni muerta”, se habla de cantidades intensivas que “curvan el tejido de lo real”.
El tiempo está fuera de quicio, y la novela de Mattio pone en escena la incapacidad de ordenar los eventos mediante una serie de documentos: interrogatorios, habeas corpus, informes, anexos. La lógica no lineal hace que, a la luz de los sucesos, los documentos se vean patéticos y un poco risibles, intentos lamentables de una civilización en decadencia de hacer sentido en una crisis que excede infinitamente su capacidad de entendimiento. Podría decirse que es una tragedia parecida a la de Invasión, una batalla que se revela infinita, y esa batalla es contra el sentido. Es una novela sobre la desesperación interpretativa, o, en otras palabras, sobre no entender, y por eso produce desconcierto, porque al nivel de la forma también está narrando sus temas, es decir que la novela hace lo que dice, es casi un acto performativo. Narrar la desintegración de los supuestos con los que interpretamos la realidad no implica sino estallar los modos de contar, desintegrar la ilusión de linealidad y de totalidad. Como dicen los versos de Joy Division que Mattio pone a modo de epígrafe: “¿Qué es lo que viste ahí? Vi todo el conocimiento destruido”.
La novela entonces pide que aceptemos el laberinto que nos propone, lleno de pistas falsas, callejones sin salida y signos vacíos, como runas incomprensibles dibujadas con carbón abajo de una cama o vibraciones vocales de un moribundo que no parecen significar nada. Quizás una clave de lectura sería leerla como si de cuentos se tratara. Los capítulos, breves, funcionan un poco como cuentos, y de hecho dos de ellos se publicaron de manera autónoma, uno en una revista y otro en una antología. Acaso el libro pida una lectura que lo desorganice, un Lector Salteado como quería Macedonio Fernández.
Para cerrar vuelvo sobre el comienzo. La literatura de invasiones a veces se cree anticipatoria porque suele ser resignificada con el paso de los años cuando los acontecimientos de la historia argentina se alinean con sus tramas ficcionales hasta coincidir como en un eclipse. Sucede que en un país tercermundista y neocolonial como el nuestro, con una historia de subordinación a los intereses extranjeros, donde cada semana se anuncian nuevos sometimientos que erosionan los pocos vestigios de soberanía que nos quedan, es inevitable que los tópicos clásicos de la ciencia ficción resuenen con los eventos políticos. Así, El Eternauta de Oesterheld es releído a la luz de la dictadura, Invasión parece hablar sobre la guerrilla de los setenta, y todavía se discute si “Casa tomada” de Cortázar es o no es una alegoría del avance del peronismo, aunque haya sido publicado el mismo año en que Perón asumía su primer mandato.
Hay en las invasiones de la literatura argentina un carácter hipersticional, de ficción que crea el futuro que predice. O quizás, en un movimiento propio de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, las ficciones contaminan la realidad, las películas y los libros intervienen los acontecimientos de la historia. Es otra forma de la invasión: las ficciones no anticipan, sino que corrompen, infectan, el futuro.
Yo creo que la novela de Juan Mattio tiene la fuerza de una intervención porque, sin ser mimética, compone un artefacto conceptual y especulativo más certero en su elaboración del presente que unos cuantos análisis políticos. Y temo que tenga capacidad hipersticional, porque nadie desea el futuro que predice, con el abandono de las ciudades y el exilio en el desierto. Pero principalmente la celebro como laberinto, como arquitectura imposible, como maquinaria que discute con la forma novela pero al mismo tiempo no detiene su pulsión de narrar, aunque sea tensando el lenguaje y sobrecargando la estructura. Porque como reza el último diálogo de Invasión: “Ahora nos toca a nosotros. Pero tendrá que ser de otra manera”.
Este texto fue leído durante la presentación de La Nación de los sueños diurnos en la última Feria del Libro de Buenos Aires.