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Este texto fue leído durante la presentación de Krakatoa, la novela de Veronica Stigger, en la librería Otras orillas (Buenos Aires, agosto de 2026)
Volcanes y fantasmas, por Mario Cámara
Estuve pensando qué decir para esta presentación sabiendo que estarían conmigo Victoria Coccaro y Gabriel Giorgi, dos especialistas en volcanes, es decir, en materia y en sonido. Se me ocurrió entonces seguir la pista de los muertos y los fantasmas. En Krakatoa, la narradora de la segunda parte del libro anuncia que quiere escribir un libro sobre volcanes y fantasmas.
En la cuarta línea, ya aparece: “Solo después de que se hizo silencio en el mundo fue posible distinguir con un poco de nitidez el único sonido entonces audible: el coro de los volcanes. Aun así, no todos los sobrevivientes eran capaces de escucharlo. A veces llegaba a pensar que solo yo lo oía. Yo y los muertos” [p. 12].
Los muertos, por supuesto, en esta novela continúan viviendo, y continúan haciéndolo porque Krakatoa se sitúa en un después, es decir, en un régimen que está entre la vida y la muerte. En el capítulo que se llama “Muntagna” se nos cuenta lo siguiente:
“Estaban todos muertos, pero no lo sabían. O fingían no saber. Eran cuarenta y ocho excompañeros de escuela. Todos tenían cuarenta y ocho años, como yo. Los tres que habían muerto más jóvenes no aparecieron, aunque también habían sido convocados. Todos vestían pantalones gris oscuro y camisetas rojo vivo” [p. 26].
Pero hay más. Alguien dice: “Siento frío a pesar de estar muerto. Morí en mil novecientos diecinueve, cuando me internaron en la clínica” [p. 40]. Ese fantasma, que viste una malla de fauno, que danza y que tiene la potencia del volcán, aunque no se lo nombre, sabemos que es Nijinski, quien vestía la malla del fauno en La siesta del fauno y que fue internado en 1919. Ese personaje, en la novela, nos dirá: “Renací en mil novecientos setenta y tres y traje conmigo al volcán” [p. 44]. Ese año, 1973, es el año en que el volcán Eldfell, situado en Islandia, entra en erupción. El capítulo en donde acontece esto se llama justamente “Eldfell” [p. 39] y resulta iluminador porque une volcanes y fantasmas. Esa erupción, y por qué no todas las demás, nos habla no solo de la potencia volcánica sino de la potencia de los muertos que regresan con su potencia magmática.
La novela se divide en dos partes: “Krakatoa” y “Anak Krakatoa”. En “Anak Krakatoa” se documenta la erupción catastrófica del volcán Krakatoa, acontecida el 26 y el 27 de agosto de 1883. En esas fechas hubo cuatro explosiones sucesivas, la última tan potente que se escuchó a miles de kilómetros de distancia, posiblemente el sonido más fuerte jamás documentado. La explosión generó tsunamis que arrasaron poblaciones costeras de Java y Sumatra, con un saldo de más de 36.000 muertos. Gran parte de la isla original colapsó y desapareció bajo el mar, dejando una caldera sumergida. La ceniza expulsada a la atmósfera dio la vuelta al planeta, oscureció los cielos y produjo, durante meses, atardeceres de un rojo intenso en distintas partes del mundo. Todo eso se refleja en la segunda parte de la novela a través de breves noticias de los diarios brasileños de la época. “Anak Krakatoa” significa, literalmente, “hijo de Krakatoa” y se refiere a la emergencia de una nueva isla volcánica, que aparece entre 1927 y 1930.
Esta segunda parte de la novela permite seguir pensando en torno a la sobrevivencia, a lo que retorna. Quiero citar un fragmento que me gusta mucho, con un comienzo que parece una referencia a Borges.
“En la caliente noche de verano de aquel año maldito en que me negué a envejecer, tres muchachos que caminaban por la vereda estrecha y mal iluminada hicieron señas para que detuviera el auto. Llevaban gruesos abrigos de invierno y estaban tan empapados que el cabello les goteaba. Caminaban encorvados y con la cabeza baja. Parecían cansados de vagar tanto tiempo por los alrededores de la pequeña ciudad que era suya y que ya no reconocían. Podría simplemente haberlos ignorado, pero me dio pena y me detuve. Pregunté qué había sucedido. Uno de ellos respondió que querían ir a casa, pero se habían perdido. Sentí que debía decirles la verdad, porque no quería que sufrieran más. Entonces les dije: “Ustedes están muertos” [p. 127].
“Anak Krakatoa” narra el viaje de la narradora a Indonesia con Hugo y Víctor, es decir, a la tierra de los volcanes. Ese viaje se concentra en pequeñas instantáneas sobre la religión del lugar en una suerte de etnografía entre curiosa y risueña, aunque siempre amable y empática. Casi sobre el final de la novela, la narradora cuenta un reencuentro con uno de esos compañeros, Víctor, sucedido años después. La escena posee la textura de los sueños: ella está en un congreso de vulcanología, y el encuentro se produce en un auto y, sobre el final de la escena, nos cuenta: “Cuando ya estábamos casi llegando al lugar donde me bajaría, que no era un hotel ni un shopping, sino un conglomerado de construcciones indescifrables, le estaba contando a Víctor que la cuarentena impuesta por la pandemia, a fin de cuentas, me había servido para trabajar en un nuevo libro, una novela sobre Indonesia, y que se la dedicaría a él” [p. 167].
Imagen aérea del volcán Anak Krakatoa.
En el fragmento que acabo de citar, la narradora dice que habla sin parar, pero Víctor no dice una sola palabra. Como contraparte, en el comienzo de la novela, el protagonista, que es quien puede escuchar el coro de los volcanes, no puede hablar, ni siquiera puede abrir la boca. ¿Será Víctor? Krakatoa efectivamente está dedicada a Víctor, también a Hugo y a Carlos. Por algunos reportajes realizados a Veronica Stigger, sabemos que Víctor Heringer, un joven escritor brasileño que perdió la vida siendo muy joven, en 2018, fue uno de sus compañeros del viaje que efectivamente realizó a Indonesia en julio de 2017.
Cerca del final del libro, en el tramo de “Anak Krakatoa”, se lee este fragmento: “Los griegos creían que las ciudades de los muertos se encontraban bajo el Etna y que la entrada al Hades se hallaba en alguno de los cráteres de los Campos Flégreos” [p. 152]. Quiero pensar, para concluir, que Víctor es el gran protagonista de Krakatoa, que ha regresado de esas ciudades bajo el Etna para contarnos el canto inolvidable de los volcanes, y para que sepamos que volcanes y fantasmas siempre van de la mano.