Ilimitadamente despegado. McKenzie Wark sobre Exocapitalismo

14 octubre, 2026

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Este texto fue publicado originalmente en inglés como “Lifted AF” en e-flux Journal, n.º 165, septiembre de 2026. Traducción de Toni Navarro. 

Hay que renovar continuamente el lenguaje para empezar siquiera a aprehender el mundo. Los conceptos se desgastan y la extrañeza que alguna vez revelaron se convierte en un lugar común. Lo que me entusiasma de Exocapitalismo, de Marek Poliks y Roberto Alonso Trillo, es precisamente su frescura, aunque no creo que consiga sostenerla de manera constante.

Empecemos por el final del libro. “Esto es todo lo que realmente tenemos: el aparato crítico tiende a pensar el capitalismo de forma errónea y esto debe ser enmendado”. A tal efecto, plantean algunas cuestiones que se alejan de, o incluso se oponen a, lo que denominan el “canon marxistoide” (157). Algunas son originales; otras, no tanto.

La no-relación entre capital y trabajo es una pieza clave de su enfoque. Para Poliks y Trillo (en adelante, P&T), el capital es “un germen algorítmico, un modo de pensamiento tan hospedable en la forma humana como lo podría ser en una colonia bacteriana o en el silicio. Puede permanecer latente, como una semilla que espera pasivamente a reactivarse en cuanto se le aplique suficiente energía, suficiente cómputo, suficiente tiempo” (161). No es trabajo muerto u objetivado, como en la tradición marxista. El capital prospera en las fronteras entre dos o más mundos. El valor surge de la fricción, de la mediación. Lo que P&T están recuperando aquí es una teoría actualizada del capital mercantil. En el fondo, todo es arbitraje.

El capital opera a una escala distinta de la humana. O, mejor dicho, a múltiples escalas: es transescalar de un modo que nuestra especie no lo es. Cada vez le resultan más indiferentes los problemas que plantea la reproducción de la vida orgánica. Al capital, en cierto modo, le aburrimos nosotrxs y el ruido que generamos cuando tenemos que organizarnos en masa. Preferiría no tener que dedicarse ya a producir mercancías. Los productos físicos traen consigo inconvenientes como el trabajo, los costes fijos y los problemas que plantea escalar la producción. Por eso ama el software y los «encuentros transescalares» (p. 29) que este posibilita.

Algunas de las páginas más interesantes de Exocapitalismo tratan sobre cómo funciona una empresa como Salesforce. A simple vista, parece una “herramienta de gestión de relaciones con clientes” (p. 36), pero eso solo describe cómo se presenta al usuarix. ¿Qué hay detrás de la interfaz? ¿Deberíamos abordarla como una plataforma (Nick Srnicek), un stack (Benjamin Bratton) o un vector (McKenzie Wark)? Cada uno de estos términos permite captar una dimensión de lo que es Salesforce, pero deja otras fuera.

 

El capital opera a una escala distinta de la humana. Es transescalar de un modo que nuestra especie no lo es. Cada vez le resultan más indiferentes los problemas que plantea la reproducción de la vida orgánica.

P&T emplean un lenguaje que evoca la viscosidad de entidades como Salesforce, sean lo que sean. Apuntan así a su carácter incompleto, al modo en que compiten y se confabulan entre sí, y a cómo sus superficies están repletas de nichos a los que otras empresas pueden adherirse.

Este planteamiento nos brinda algunos pasajes de escritura descriptivo-conceptual realmente deslumbrantes, como este:

Cuanto más profunda es la arruga del pliegue o más profunda la incrustación mutua y recíproca […], mayor es la tendencia a que dos nodos colapsen o se absorban en un solo nodo. Las fusiones y adquisiciones ocurren constantemente, como un mercado húmedo donde bestias translúcidas y colosales intercambian órganos entre sí por liquidez, o donde cuerpos flotantes e informes son absorbidos en relaciones endosimbióticas. Masas amorfas crecen hasta escalas titánicas, momento en el cual o bien se fragmentan con un impulso partenogénico o bien se cubren de tantos cánceres avanzados que dejan de ser reconocibles como entes individuales. Otras simplemente estallan en nubes de esporas (p. 42). 

Por eso, “la competencia en este espacio es siempre incompleta debido al carácter difuso de los objetos implicados y a sus incompletitudes estructurales” (p. 43). En ese sentido, no son exactamente plataformas, ni stacks, ni vectores. Y continúan:

Ciertamente, estas compañías son propietarias de las “infraestructuras de la sociedad”, pero cuando cada empresa reclama el mundo para sí, la propiedad de un mundo por un mundo, un mundo hinchado de órganos vestigiales autónomos, un mundo de pastiche hecho a partir de submundos definidos y diferenciados, un mundo con complejidad a escala mundial… todo eso suena a tautología. Como sabe todo ingeniero –informático, mecánico o arquitectónico–, toda juntura es una fuente de fragilidad (p. 45). 

El objetivo de estas corporaciones de software es crecer y externalizar la engorrosa tarea de producir mercancías o incluso de tratar con humanxs. Aspiran a convertirse en una necesidad logística, una marca y un lugar de extracción de datos. Uno de los ejemplos que P&T abordan en el libro es IKEA, que ya no es tanto una empresa dedicada a la fabricación y venta de muebles como una marca, una corporación logística y de datos. Otro es Boeing, que prefiere centrarse en el diseño y la ingeniería financiera y que trata de externalizar tanta fabricación como puede, con resultados dispares.

El objetivo de estas corporaciones de software es crecer y externalizar la engorrosa tarea de producir mercancías o incluso de tratar con humanxs. Aspiran a convertirse en una necesidad logística, una marca y un lugar de extracción de datos.

Me gusta el término que P&T emplean para designar lo que persigue la forma corporativa dominante en la actualidad: “despegue”. Cada empresa quiere “alejarse de los costes fijos, de la tierra, del suelo, de la esfera de los asuntos humanos. Podemos pensar el despegue como la definición negativa de la financiarización” (p. 77). Esto resulta difícil si tu negocio consiste, por ejemplo, en alquilar habitaciones de hotel. Así que, en lugar de gestionar tú mismx el hotel, conviértete en una marca hotelera, métete en las finanzas hoteleras, en los datos hoteleros. Deja que otrx se encargue de la mano de obra que cambia las sábanas sucias. Uber, Airbnb y WeWork ejemplifican este modelo, cuya fantasía última es  automatizar la acumulación de capital. “Ese enredo con el desorden de los asuntos humanos no es un servicio que Meta quiera prestar, y obviamente no se trata de su apuesta principal de negocio, sino más bien de un prerrequisito engorroso” (p.193).

Todo gira en torno a la abstracción. Como escriben P&T: “El despegue cava un espacio entre las condiciones materiales y los sistemas operativos insertando capas de abstracción entre ambos, un agujero negro de alienación suficiente como para que exista cada vez menos conexión entre el trabajo material y los metaprocesos gerenciales” (p. 83).

Lo que menos me convence de su argumento es hasta dónde puede llegar ese despegue. Escriben: “Un mercado completamente despegado se desliga de los sistemas locales de presión de los bienes y servicios, este construye el precio libremente –y, por lo tanto, el valor; y, por lo tanto, el capital– con una capacidad ilimitada surgida nada más que de las mareas relativistas” (pp.91-92). Así es como las cosas se le aparecen al capital: como si mirara por la ventana de uno de esos apartamentos de lujo de Billionaire’s Row, con vistas despejadas a todo Central Park.

Cuando los movimientos populares son fuertes, se abren oportunidades para comprender las debilidades y las realidades más prosaicas del capital, y aprovecharlas. Sin embargo, cuando atraviesan momentos de retroceso, el capital aparece como una fuerza mística, un demiurgo divino y el único agente que actúa en el espacio y el tiempo. Para el capital, todo es capital; para el trabajo, todo es trabajo. Parte del proyecto neoliberal consistió en hacernos ver a nosotrxs mismxs como “capital humano”. Parte del proyecto marxista consiste en verlo todo como trabajo. Siempre estaré del lado de esta última perspectiva.

Hoy, el trabajo ocupa una posición débil en el mundo sobredesarrollado. Como señalan P&T con sarcasmo: “Los trabajadores de clase media se convirtieron en contratistas. Los contratistas se convirtieron en publicistas de su propio trabajo contratado. Los publicistas se convirtieron en consultores. Los consultores se convirtieron en coaches. Los coaches se convirtieron en meta-coaches que entrenan a otros coaches. Y así sigue. Y sigue. Y sigue…” (p. 99). En un momento así, resulta tentador interiorizar el punto de vista del capital.

Continúan: “El valor no se genera por la fuerza acelerativa, sino que se captura mediante ella. En verdad, el valor se produce con fricción, por interposición, por spread, por desaceleración: por el lag” (p.164). Así pues, volvemos a una teoría mercantil, y no industrial, del capital. El comercio produce valor, pero su objeto ya no son cosas sino tokens cada vez más desvinculados de ellas: lo que Randy Martin denominó la lógica del derivado.

La expansión de tokens derivados de otros tokens crea pliegues adicionales sobre pliegues de superficies de intercambio donde el desfase y la fricción pueden generar valor. Como señalan P&T:

El token […] no solo media entre distintas cosas, sino que crea una nueva dimensión comercial en la que esos bienes mediados cristalizan en puntos. La tokenización de un mundo produce el valor de ese mundo. Una tokenización de segundo orden (la tokenización de un espacio tokenizado a través de nuevos tokens intermedios) desbloquea nuevos regímenes de valor. Cada capa sucesiva de la pila de tokens introduce una volatilidad más relativista, nuevos campos entrópicos para la circulación del arbitraje. (p.104)

En resumen, “todo está despegado a más no poder” (p.110).

Curiosamente, aquí es donde P&T reconectan con la tradición marxista, como cuando escriben:

La entropía del token es despegue. El freno a la entropía del token es alienación marxiana. […] Si a alguien se le remunera por su trabajo en un molino no con harina, sino con la representación de harina potencial –es decir, con un token de harina cuya tasa de conversión a un monto de harina “real” es dinámica […]– la relación entre la agencia laboral del trabajador, la producción de harina y su recompra compensatoria se distorsiona: se vuelve extraña, no lineal, estocástica. (p. 105) 

Aunque quizá ya ni siquiera se trate de alienación. Voy a llamarlo “disociación”. Alienación: la trabajadora, alienada primero del producto de su trabajo, que se convierte en trabajo abstracto, recibe mediante el salario una remuneración correspondiente solo a una parte de su esfuerzo y se ve luego obligada a recomprar parte de ese esfuerzo en forma de mercancías. El siguiente orden de abstracción, la disociación: el trabajo abstracto abstraído en tokens monetarios, abstraído de nuevo en una economía despegada de tokens sobre tokens. Se trata de una “economía post-productiva” (p. 102), como la llaman P&T, con su consiguiente “permutación del trabajo, que pasa de producir contenido económico a ejecutar protocolo económico” (p. 112).

Para el capital, todo es capital; para el trabajo, todo es trabajo. Parte del proyecto neoliberal consistió en hacernos ver a nosotrxs mismxs como “capital humano”. Parte del proyecto marxista consiste en verlo todo como trabajo. Siempre estaré del lado de esta última perspectiva.

Las raíces intelectuales de Exocapitalismo se encuentran en El Anti-Edipo de Deleuze y Guattari (D&G). P&T consiguen devolver su vigencia al pensamiento de estos autores, esquivando lo que Alex Galloway denominó, con cierta sorna, las corrientes del «deleuzianismo de pañal mojado». Para D&G, el capital es una entidad autónoma que ha existido siempre y que las formas premodernas de organización sociotécnica mantenían bajo un estricto control. Irrumpió como un cáncer en el cuerpo social mediante una decodificación generalizada de los flujos. Es un disruptor del cuerpo social y de los órdenes edípicos de jerarquía, frontera e identidad.

Para D&G, “el capitalismo no solo destruye estructuras sociales sino que siempre reconstruye otras nuevas, más extrañas” (p. 120). En su planteamiento, el germen del capital todavía debe pensarse en relación con los deseos del humano como animal social. Por el contrario, “fue Nick Land quien comenzó a desacoplar la fiebre maquínica de El Anti-Edipo de su encarcelamiento en la crítica social” (p.120). Desde la perspectiva landiana, el capital eterno no procede de un tiempo profundo, sino de un futuro posible: una agencia tecno-semiótica que se replica a través de organismos huéspedes. Land abraza la implacable desterritorialización del capital.

Al igual que Land, P&T sitúan la teoría del lado de lo que asedia y aflige a la humanidad. Como si bastara con dejarse llevar junto al ángel de la historia mientras observa cómo se acumulan los escombros. Puede entenderse, si se quiere, como una adhesión al aceleracionismo. Pero les parece cringe el modo en que Land “prefiere complacerse en la erótica de la zona de guerra” (p. 125). De hecho, no es lo bastante nihilista para ellos: “El inconsciente maquínico de Land apenas llega a ser maquínico: es puro cerebro reptiliano, y su perversión de las máquinas deseantes de Deleuze y Guattari es, en realidad, simple ortodoxia de mediados de siglo codificada en letras góticas” (p. 125).

P&T: “Donde sí coincidimos con Land es en que el cuerpo huésped del capitalismo ha mutado –del ser humano a la computadora–” (p. 125). En consecuencia,

de aquí en adelante, vamos a poner en primer plano el término “exocapitalismo”: el retorno al hogar de una máquina autorreplicante de origen desconocido cuyos impulsos internos no solo contradicen los intereses de sus antiguas dependencias (sol, tierra, petróleo, humano), sino que se muestran completamente indiferentes ante ellas. La relación del humano con el capitalismo pasa de ser generativa a ser irrelevante. El capital se mantiene al margen, se adhiere a sí mismo, no tiene dependencias. (p. 127)

¿Cómo hemos llegado a esta fascinación por el capital, en lugar de a su crítica? Quizá no sea irrelevante que D&G, Land y P&T escriban en momentos históricos en los que los movimientos obreros populares parecen estar en retroceso: D&G, tras el fracaso de las revueltas de 1968; Land, durante el neoliberalismo thatcherista; y P&T, en pleno giro neofascista. El capital emerge entonces como único agente divino de creación del mundo, y la teoría se convierte en su teología.

P&T descartan las diversas teorías del capitalismo con modificador, ya sea el capitalismo de plataformas, el semiocapitalismo, el capitalismo en red, el capitalismo digital o el capitalismo de vigilancia, entre otros. Curiosamente, sin embargo, terminan recurriendo a la misma estrategia. Creo que aciertan al señalar que estas fórmulas se quedan cortas, tanto en el plano lingüístico como en el conceptual. A diferencia de P&T, yo pondría el acento en el antagonismo y la agencia popular. No obstante, comparto su empeño en llevar el lenguaje hacia la extrañeza de… esto, sea lo que sea. Quizá lo que podamos acelerar sea la experimentación lingüística, para intentar mantener el ritmo.

Para P&T, el capital es como un virus capaz de saltar de un huésped a otro. Resulta que, para la humanidad, quizá haya algo peor que ser huésped del capital-virus: dejar de serlo. O, cambiando de metáfora, el despegue del capital nos deja dentro de su radio de explosión. “La supuesta transición digital de fase”, escriben, “tiene menos que ver con una transformación del capitalismo […] que con la creciente visibilidad del cráter terrestre dejado por un objeto que se está alejando y despegando de nosotros, a medida que el capitalismo se desplaza de su huésped humano a vehículos endosimbióticos más liberados” (p. 133).

El exocapitalismo se despega de lo social y se eleva cada vez más, hasta alejarse de ello. Se niega a respetar los compromisos históricos —con el movimiento obrero, los movimientos sociales— que forman parte del Estado moderno. A propósito de este, P&T añaden:

El Estado, proyecto (en sus múltiples formas) nominalmente responsable de la infraestructura humana a gran escala, abandona entonces aquello que lo define para sostener un objeto económico que es, por naturaleza, indiferente a dicha responsabilidad. […] El exocapitalismo no reconoce agencias westfalianas, excepto aquellas que indexa perezosamente como complejidad superficial a la que injertar el engrosamiento fractal del arbitraje. (p. 139) 

El Estado no es más que uno de los mundos en y con los que lleva a cabo sus negocios mercantiles.

Esto nos deja a quienes residimos (a efectos fiscales) en Estados Unidos observando cómo se desintegra hasta convertirse en “una espongiforme instancia desdiferenciada que mantiene las estructuras del comercio en una posición temporalmente estable en relación con la actividad humana que circula por debajo” (p. 140). A escala global, asistimos a una “crisis en la reproducción social continua de la especie humana” (p. 140), precisamente lo que la corriente marxista de la “fractura metabólica” lleva tiempo señalando.

Y hay algo peor: retomando a Antonio Negri y Michael Hardt, P&T distinguen entre Estado e Imperio. El Imperio se parece, en palabras de los autores, a “una babosa colosal, torpe, de movimientos pesados, que va tallando gigantescas trincheras en la tierra a medida que avanza” (p. 201). Al ser “demasiado tosco para gobernar” (p. 207), se limita a “agujerear el mundo” (p. 208). Nada más que decir.

En lugar de una teoría del antagonismo, encontramos el acoplamiento simbiótico del concepto de “despegue” con el de drag: “Drag nombra tanto los esfuerzos de los seres humanos por incrustarse en el proceso de despegue como sus tentativas de atrapar el capital reconstruyendo sus propios procesos sociales de manera altamente despegada. Pero el drag, paradójicamente, acelera el despegue” (pp 142-143). El animal social humano trata de conseguir que el exocapital satisfaga sus necesidades, pero este se limita a desplegar superficies a las que lo social pueda adherirse y desde las que pueda despegar hacia el exocapital mientras este se aleja.

El trabajo de cuello blanco se reduce a una gestión abstracta y fungible de relaciones. El concepto de drag sustituye a la teoría de la ideología o, más bien, al “realismo capitalista” de Mark Fisher, según el cual los sentimientos anticapitalistas tibios no hacen sino acelerar el capital. Para Fisher, que toma prestadas algunas ideas de Žižek, la ideología no consiste en dejarse engañar por el capital. Consiste en saber que la ideología te engaña y, aun así, permitir que el capital te explote. Para ambos, el rechazo de las medias tintas no deja más que un anhelo melancólico de escapar por completo del capital. Surge así una especie de contraideología que reproduce la misma estructura: saber que las propias acciones son insuficientes frente a la totalidad de aquello que se critica y, aun así, seguir escribiendo.

Todo esto oscurece lo que está ocurriendo en realidad. P&T: “Nosotros retorcemos el lamento de Fisher hasta el extremo” (p.144). Lamentar que no haya escapatoria del capital es como golpear a un caballo muerto: el exocapitalismo está escapando de nosotrxs. “El malestar del drag tiene mucho menos que ver con la imposibilidad de despegue que con la plena y vívida conciencia de que dicho despegue ya ha ocurrido, sin que haya surgido entre tanto un reemplazo para la infraestructura social, hace tiempo subcontratada a la displicencia exocapitalista” (p. 144).

La reproducción social queda abstraída en la gestión de datos y finanzas, obligando a lxs consumidorxs a participar en “un ritual superficial que enmascara una infraestructura financiera subyacente” (p. 145). Esto ocurre incluso con los cupones de alimentos, que no hacen sino ampliar la superficie de un problema de reproducción social para que pueda adherírsele más exocapitalismo, al “abordar el problema del hambre mediante una topología altamente dimensional de microtransacciones” (p. 147).

Se produce un desplazamiento en la relación entre el capital y el Estado. Mientras que para D&G “el capitalismo moviliza el Estado para acceder al jugoso y flexible talón de Aquiles de los impulsos sociales [y] lo aprovecha para ablandar al ser humano tanto en su papel de productor anestesiado como en el consumidor voraz”, ahora “la situación se invierte: el exocapitalismo se ha vuelto un objeto plenamente autónomo y es el Estado el que busca desesperadamente su atención.” (p. 148).

Las consecuencias para el trabajo son bastante desalentadoras: “Como ocurría con el Estado, el papel del drag implica aquí un alisado de bordes e introduce complejidad superficial para atraer flujos proliferativos” (p. 152). El trabajo se inserta allí donde puede, en los pliegues que crean la escala y la abstracción. A medida que el exocapital despega, “la clase media se vacía” generando “un “capitalismo” de trabajadores de cuello blanco”, así como·«el despeñamiento del resto de la actividad laboral, que cae por el agudo y erosionado precipicio del “precariado”” (p. 152).

Dentro del marco conceptual que desarrollan P&T, creo que todavía cabe plantear una suerte de reterritorialización. Quizá de eso trate, en el fondo, el neofascismo. El exocapital despega, el Estado corre tras él y descuida la reproducción social. El neofascismo supone el retorno violento de las jerarquías de acceso a unos recursos sociales cada vez más escasos, mientras el Estado lleva a cabo una “liquidación a precio de saldo de sus órganos internos a fuerzas categóricamente indiferentes” (p. 158).

Aunque quizá el espectáculo de la desintegración sea solo eso: un espectáculo. Memes generados algorítmicamente que representan lo inhumano en términos humanos. El exocapitalismo “teatraliza esa actividad en pautas libidinales, conductuales o psicológicas de una inteligencia más burda y reconocible (la nuestra)” (p. 163). He aquí al nuevo dios. En una reformulación de la célebre frase “es más fácil imaginar el fin del mundo…”, P&T escriben que el exocapital podría “sobrevivir a la Tierra” (p. 161). Pero no lo hará: se llevará la Tierra consigo. Para P&T, la humanidad ha perdido. El exocapitalismo no va a reterritorializar la reproducción social. Estamos solxs, rebuscando entre sus ruinas resplandecientes.

En una reformulación de la célebre frase “es más fácil imaginar el fin del mundo…”, P&T escriben que el exocapital podría “sobrevivir a la Tierra”. Pero no lo hará: se llevará la Tierra consigo

Y así, “el capitalismo se desgarra de lo humano y deja una herida” (p. 172). Para P&T, ahora existen dos economías separadas o, como yo diría, dos modos de producción. En la segunda parte del libro, los autores se vuelven hacia Silvia Federici y la violenta desposesión de los comunes que, según su interpretación, puso en marcha el capitalismo y le brindó su primera oportunidad de despegar. En lugar de los comunes, la reproducción de la fuerza de trabajo quedó externalizada a la familia, como señalan Sophie Lewis, Michelle O’Brien y otras autoras.

Federici sostiene que la clase dominante sigue empeñada en desposeer a la población de la tierra, la capacidad social, etc. P&T discrepan: “Lo último que una empresa realmente quiere es controlar el suelo, el subsuelo, los árboles; esos son recursos fijos, limitados, son pasivos en el mejor de los casos”  (p.173). Eso es lo último que quiere una empresa exocapitalista. Pero quizá haya más de una estrategia y, de hecho, más de una clase dominante, con estrategias (parcialmente) antagónicas: lo que yo denomino clases capitalistas y clases vectorialistas. El control mediante la propiedad de los medios de producción frente al control mediante la propiedad del vector de la información. El capitalismo despegó de los comunes; después, el vectorialismo despegó del capital, dando lugar a un modo de producción que, “curiosamente, luce como algo que no se parece en nada al capitalismo” (p. 166).

La primera mitad del libro procede como si el capital fuera el único agente del tiempo y el espacio. Es una forma de pensar a la que se puede llegar si se lee la primera parte del Libro I de El capital de Marx como una teoría del todo. Esta tendencia se exacerba en Georg Lukács, para quien el capital ha saturado la totalidad social. La sociología y la historiografía marxistas más empíricas suelen identificar múltiples modos de producción que coexisten en relaciones tanto de connivencia como de tensión. Esto implica que suele haber más de una clase explotadora y más de una clase explotada. La teoría de la hegemonía de Gramsci trata, en buena medida, de explicar cómo las clases dominantes articulan sus intereses y suman a su alianza, a veces incómoda, un mosaico de intereses sectoriales de las clases subordinadas.

Más adelante, P&T afirman que el cuerpo social “contiene muchas más cosas que solo capitalismo” (p. 175). Esta parte resulta más endeble y entra, en cierto modo, en contradicción con la primera. Después de hacer despegar el capital, cada vez más alto y más lejos, P&T buscan a tientas un lenguaje para nombrar aquello de lo que se aleja. “Cuanto más cerca estás ´de la tierra´(a escala), más feudales son las economías, más estrictos y violentos los términos de la coerción” (p. 178). Pero esto tiene poco que ver con cómo era realmente el feudalismo.

Después de describir la explotación en una fábrica de un modo muy similar a como podrían haberlo hecho Marx o Engels, P&T preguntan: “¿Acaso VK Garment Factory es otra cosa que una entidad feudal?” (p.184). Pues no. No tiene nada de feudal: es capitalismo puro y duro. También encontramos expresiones absurdas como «la soberanía feudal de la plantación» (p.189). De ningún modo: las economías de plantación del Nuevo Mundo no son equiparables a las economías feudales del Viejo Mundo, por no hablar de las economías de plantación contemporáneas que encontramos en todo el Sur Global.

A mi juicio, una teoría del exocapitalismo requiere, como complemento, una teoría del endocapitalismo. Este sería el capitalismo del que el exocapitalismo intenta despegar, en cuyo seno se encuentran anidados diversos modos subsidiarios de producción y reproducción que aquel ha absorbido y puesto a su servicio, de manera muy similar a como la célula engulló las mitocondrias y las convirtió en orgánulos. En mi empeño por forzar el lenguaje para extraer todo el jugo del concepto, seguí otro camino. En mis escritos, el endocapitalismo no es más que capitalismo, mientras que al exocapitalismo lo denominé «vectorialismo».

Nuestras perspectivas divergen en tres cuestiones principales. En primer lugar, mantengo la concepción marxista de la historia como historia de las luchas de clases. El capital no surge por arte de magia: cristaliza a partir del conflicto sociotécnico. La transformación y el cambio nacen del choque y la combinación multipolar de fuerzas de clase.

En segundo lugar, el capitalismo es solo uno de los diversos modos de producción, relacionados entre sí pero distintos, que surgieron del declive del feudalismo y de la conquista del Nuevo Mundo. Conviene distinguirlos para no emplear “feudal”, “esclavista” y “de plantación” como si fueran términos intercambiables que simplemente significan “malo”. Esto es especialmente importante si tenemos en cuenta que, desde las guerras campesinas hasta la Revolución haitiana, cada uno de estos modos de producción fue objeto de formas específicas de resistencia desde abajo.

El “feudalismo” suele confundirse con aquello que vino después. El cercamiento de los comunes, el despojo de tierras por parte de una clase terrateniente, la abolición de los derechos tradicionales del campesinado y la transformación del diezmo en especie en una renta monetaria constituyen un proceso previo de abstracción de la tierra y de la renta, condición para el surgimiento del capitalismo. Este proceso creó, en primer lugar, una masa de trabajadoras desposeídas y sin tierra. No era feudal, pero tampoco capitalista: la renta no es beneficio. Hubo una larga lucha entre terratenientes y capitalistas, en la que estos últimos acabaron imponiéndose, bien por la fuerza (Francia) o mediante la asimilación (Inglaterra).

Mientras tanto, el despojo de las tierras indígenas, destinadas a ser trabajadas por personas esclavizadas o sujetas a contratos de servidumbre, creó las condiciones que hicieron posible el sistema de plantación. Este se distingue del capitalismo porque carece de una de las características fundamentales de este último: que el trabajo sea formalmente “libre”. El sistema mundial transnacional e interconectado del capitalismo industrial emergente, alimentado primero por las materias primas procedentes del sistema terrateniente en el interior y, después, por las del sistema de plantación en el exterior, dio forma a la historia moderna tal como la conocemos.

Los modos de producción siempre han sido plurales, entrelazados y mutuamente dependientes, aunque se hayan articulado en jerarquías de dominación y sometimiento. La tarea consiste en dilucidar cómo se han desarrollado y transformado desde los tiempos en que el capitalismo era un sistema mundial emergente, como lo era en la época de Marx. Creo que aquello con lo que P&T están lidiando, a veces con éxito y otras no, es un nuevo modo de producción. La denominación que le demos importa menos que nuestra capacidad para poner el lenguaje en contra de sí mismo, de modo que nos permita alumbrar conceptos capaces de hacer que el mundo vuelva a parecernos extraño y nos obliguen a prestarle una atención minuciosa incluso antes de empezar a comprenderlo.

Nuestro tercer desencuentro, tal como yo lo veo, tiene que ver con una discusión que deberíamos entablar o, mejor dicho, retomar: la de los orígenes y la naturaleza de la riqueza. Los fisiócratas consideraban que la tierra era el origen de la riqueza, como si tuviera valor al margen del trabajo campesino. Adam Smith propuso una concepción de la riqueza basada en el capital, que Marx puso patas arriba para revelar el capital como trabajo objetivado, abstraído y alienado. En el mundo contemporáneo, no hay riqueza sin la campesina o la trabajadora que la produce.

Tanto el trabajo agrícola como el fabril consisten, en gran medida, en la repetición de lo mismo. La plantación y la fábrica reducen el trabajo a esa mismidad y, con ello, también a campesinxs y obrerxs, convirtiéndolxs en reemplazables. Pero ¿qué ocurre con el trabajo de producir diferencias? Llamé hackers a quienes realizan ese trabajo, que, al igual que campesinxs y obrerxs, constituyen una clase. Muchxs hackers tuvieron que dedicar incontables horas de trabajo al diseño del software que hizo posible el despegue del exocapitalismo. Todo ello, en beneficio de una clase vectorialista que captura el valor de lo que crea la clase hacker.

McKenzie Wark. Fotografía de Coni Rosman

Nació en Australia en 1961 y vive en Nueva York. Es profesora de Estudios Culturales y Medios de Comunicación en el Lang College de la New School for Social Research de Nueva York. Ha publicado numerosos ensayos de crítica cultural centrados en el legado cultural y político de la Internacional Situacionista. También ha estudiado los cambios sociales y culturales producidos por la incursión de las tecnologías de la información y la comunicación en nuestra vida cotidiana. En 2017 transicionó. Entre sus libros están Vaquera invertida (Caja Negra, 2022), Raving (Caja Negra, 2023), Philosophy for Spiders: on the Low Theory of Kathy Acker, Un manifiesto hacker, La playa bajo la calle y El capitalismo ha muerto.