MI SCROLL HABLA DE SHANZHAI

MI SCROLL HABLA DE SHANZHAI

Por Frankie Pizá

Normalmente, cuando queremos expresar (y comprender) la influencia que un escrito ha dejado en nosotros o nuestro modo de pensamiento, recurrimos a la memoria. El número de veces que nombramos algún fragmento, las veces que recurrimos a un aforismo o los momentos en los que convertimos una vulgar conversación en una innecesaria conferencia exhaustiva sobre cualquier libro que creemos fundamental. 

Con frecuencia y en nuestro día a día, nos observamos entonando y distorsionando inconscientemente el conocimiento adquirido en lecturas, podcasts o contenidos audiovisuales. Una gran nube de recortes, frases subrayadas y aforismos flota en nuestra mente y se fusiona con nuestras propias vivencias y creencias. Nuestra sinapsis se encarga de conectar los puntos como si de secuencias de stickers se tratara. 

Digamos que podríamos valorar la “influencia” de un libro en función de cuántas veces recurrimos a él para expresar una idea, un pensamiento o argumentar una opinión. Aunque existen escritos contemporáneos capaces de trascender esa fórmula concreta, superar la transformación de simple ensayo a “libro de cabecera” y pasar a atravesar los modelos de pensamiento del individuo, convirtiéndose en una “lógica”. 

Creo que “Shanzhai” es eso para mí. Una lógica capaz de generar transparencia sobre cualquier elemento o conducta artística dispuesta frente a mis ojos y que está luchando como tantas otras por unos segundos de mi atención. Las dos primeras veces que leí el título de Buyng-Chul Han, ejerció una tracción en mi forma de pensar de la que jamás me desentenderé; la tercera y la cuarta, la lógica y contraposición del pensamiento occidental con el oriental ya se han integrado en mi personalidad; las subsiguientes consultas no han hecho más que confirmar mi posición ética sobre la concepción del arte como una línea discontinua. 

Desestigmatizar la originalidad era para mí una necesidad inconsciente y “Shanzhai” me brindó una oportunidad de ver todo el mundo con otros ojos. Tanta es su influencia en la narrativa que yo le doy al mundo que con tan solo echar un vistazo a mi feed de Instagram puedo observar las consecuencias. Actúa como un filtro para observar la realidad que consumo y que desfila ante mis ojos en la pantalla de mis smartphone.

Las “Air Jodan 1 x Dior” erosionadas de Daniel Arsham

Hagamos una prueba. Al iniciar la aplicación de Instagram, el algoritmo de la red social quiere recibirte con algún nuevo contenido de una cuenta con mucha afinidad. Nada más entrar encuentro la última publicación de Daniel Arsham, un diseñador estadounidense al que sigo fervientemente. En la foto está mostrando su edición limitada de las Air Jordan 1 x Dior con una rara customización: parte de la superficie y piel de la zapatilla está erosionada, envejecida.

Se trata de una práctica muy extendida en otras prendas básicas de nuestros armarios, tales como las camisetas o los vaqueros, aunque no tan vista en modelos de zapatillas. Resulta que Daniel Arsham entregó al artista Phillip Leyesa, el valorado par de sneakers para que su piel fuera voluntariamente agrietada.

En estos momentos, un par original de la Air Jordan 1 diseñada por Dior puede llegar a costar entre 12.000 y 15.000 dólares en Stockx. De esta zapatilla se produjeron tan solo 8.500 pares numerados, tal y como indica la etiqueta cosida en el interior derecho del pie izquierdo. Un buen número de esas copias manufacturadas se vendieron a grandes personalidades, otras muchas se regalaron en eventos exclusivos y otras tantas son dominio de los revendedores, quienes a su vez las han conseguido o vendido directamente a otras personalidades influyentes.

Es decir: si percibes un par de Nike Air Jodan 1 x Dior enfundadas en los pies de alguien que está a punto de cruzar un paso de cebra, es muy probable que el par sea una falsificación. Que sea uno de los fakes de “calidad premium” que normalmente salen de las mismas fábricas donde se ensamblan los modelos originales en China.

La decisión de Daniel Arsham tiene todo el sentido del mundo: sus esculturas y universo de objetos de diseño contempla la evolución y deterioro como algo sistémico. En raras ocasiones observaremos un trabajo diseñado por el de Cleveland en el que no intervenga la degradación temporal y física de las propias obras. En el post original, él mismo incluye conceptos asiáticos (japoneses en este caso) en la explicación: “As a philosophy, kintsugi is similar to the Japanese philosophy of wabi-sabi, an embracing of the flawed or imperfect and @philllllthy is the master. 

Su pensamiento como artista coquetea alrededor del Shanzhai: normalmente reproduce símbolos, productos icónicos (de un Porsche a un Pokémon) y obras de arte esculpiéndolas en hormigón, mármol, creando un deterioro premeditado y acoplando incrustaciones de minerales y bronce envejecido. Todo lo que diseña Daniel Arsham parece pertenecer a otra dimensión donde las obras se han visto modificadas por el paso del tiempo o han sido reproducidas con nuevos materiales por una sociedad más avanzada.

La publicación de Daniel Arsham mostrando su nueva y “única” versión de las Air Jordan 1 x Dior me acaba llevando a YouTube, donde encuentro al  joven experto en sneakers Harrison Nevel comparando el mismo modelo de zapatillas exclusivas con un fake recién conseguido. Las diferencias son mínimas y en algunas de ellas interviene la propia sugestión del comprador. En un momento del vídeo, aconseja a sus cientos de miles de seguidores que “no compren fakes” y que se gasten los 12.000 dólares que puede llegar a costar el par original. No puedo evitar pensar en la pregunta que hay en mi cabeza: si realmente quisiéramos “deteriorar” las zapatillas como ha hecho Arsham, ¿no sería más inteligente adquirir una falsificación?

El OIL de Shenzen celebra su tercer aniversario

Mientras sigo scrolleando, un amigo cercano me envía una reciente publicación del club OIL en Shenzen (China). Allí, otro flyer con un diseño apabullante del club (representante de una nueva de concebir el clubbing en el país y donde se apuesta por las propuestas locales más vanguardistas), me informa que proyectos como los de 33EMYBW y Zhiqi estuvieron presentes en el tercer aniversario a principios del mes de noviembre. Mi amigo me envió la publicación porque solemos comentar el diseño de los carteles y la nueva escena musical que está influyendo globalmente desde China, aunque en esta ocasión caigo que el logotipo del club guarda semejanzas con otro que he visto muchas veces. Tras un barrido por mi memoria encuentro el match: es una variante del símbolo de Tresor en Berlín.

Siempre puede ser una coincidencia, y cualquier que esté involucrado en la experiencia del diseño de branding sabe que suelen ocurrir estas cosas, pero mi pensamiento me lleva por otro sitio. La fascinanción de Asia con la cultura electrónica occidental es un hecho constatado, y aunque no tengo fuentes que lo corroboren, es bastante probable que OIL esté homenajeando a su manera a la institución del clubbing de la capital alemana.

Las bolas de nieve de David Hammons no eran iguales

Continuo mi scroll por mi feed y percibo a otra institución artística que reivindica a David Hammons, probablemente el artista conceptual afroamericano más influyente del último siglo. La fotografía es una de las más clásicas realizadas por Dawoud Bey aquella fría mañana de 1983: el artista, como si de un nuevo Duchamp se tratara, colocó bolas de nieve de diferentes tamaños sobre una alfombra en plena calle, dispuesto a venderlas a los transeúntes. 

Aquella performance, conocida como Bliz-aard Ball Sale, ha quedado clavada en la médula espinal del arte contemporáneo: una meta-reflexión sobre el mundo del arte y la posición de los artistas y las obras en ese universo, además de las cuestiones socio-políticas que intervienen en un gesto tan simple y mundano. 

La de Hammons es una de las ideas más brillantes del siglo (debo mencionar su Global Fax Festival también) si la observamos desde la lógica Shanzhai: aquellas esferas de nieve creadas con delicadeza eran elementos efímeros y de una exclusividad perversa, a la que que el artista situaba a su mismo nivel a cualquier persona que caminara por Nueva York. Porque cualquiera podía falsificar esas bolas de nieve que él estaba vendiendo.

Dapper Dan ha hackeado Gucci 

A estas alturas, todo el mundo versado en el lifestyle conoce la historia de Dapper Dan: el sastre de Harlem que confeccionaba imitaciones de prendas Gucci y Louis Vuitton a raperos como LL Cool J, Rakim y otros de sus contemporáneos a principios de la década de los 80.

Ya que yo mismo me dedico desde hace años al contenido y crítica musical, su presencia infecta mi timeline muy de vez en cuando, y más cuando es la propia marca de alta costura Gucci la que hace ya unos años decidió ficharlo oficialmente. Una publicación random me recuerda el hecho de que un falsificador como Dapper Dan, quien tuvo serios problemas con las firmas a las que imitaba, ha acabado siendo considerado un artesano reivindicado por las mismas compañías que años atrás le demonizaron. 

Es una de las tipologías de hacking más comunes en nuestro mundo estético actual: las marcas de moda tienen la cultura afroamericana como uno de los iconos más recurrentes y en su escala de prioridades se encuentra en lo más alto generar la sensación de exclusividad. Si juntamos ambos factores, Dapper Dan es una personalidad única que Gucci debe comprar e integrar en su ADN: un artista que con sus imitaciones no solo creó una dimensión totalmente diferente del lujo que Gucci proponía, acercándolo al gueto y alterando sus códigos, sino un creativo capaz de coger un punto de partida y distorsionarlo para conseguir algo más exclusivo todavía. 

Comprar un traje o una chaqueta de piel confeccionada por Dapper Dan con materiales prémium de Gucci y que ahora el sastre ya no esté creando fakes sino prendas oficiales es una demostración de cómo los pioneros de la customización y, en cierta manera de la filosofía Shanzhai, son hoy los individuales con más posibilidades de triunfar en el mundo de la moda. Solo hace falta echar un vistazo a nuestro alrededor: la carrera completa de Virgil Abloh se basa en la práctica del bootleg y de nuevo la re-contextualización del readymade de Duchamp.

Ahí está otra vez, Mark Fisher

De repente, una cama cualquiera de matrimonio en la que las sábanas rezan “Realismo Capitalista” de Mark Fisher. No es un diseño, es la portada del libro original editado por Zero Books y después editado en castellano por Caja Negra. Me detengo en mi scroll y tras profundizar me doy cuenta que en estos momentos existen varias corrientes meméticas que tienen al escritor británico como referencia. 

No acabo de enterarme, ya que seguir a Joshua Citarella asiduamente es sinónimo de estar muy al día con las corrientes meméticas y las alteraciones de las guerras culturales que ocurren en el universo de Internet. Mi sorpresa llega cuando percibo que aquello es mucho más grande de lo que había pensado en un primer momento: hay memes que incorporan la portada del libro en fotos de Kim Karsashian o el Papa, otros que dibujan al propio Fisher como entidad (una versión del estándar Wojak) incorporándola a diversas situaciones siempre promoviendo la ironía y meta-ironía como narrativa principal. 

Diviso “el realismo capitalista está acabando”, aunque haya estado agonizando desde la crisis financiera de 2008. En otra perversa situación, diseñada por la cuenta @thememesofsaturn, observamos a Fisher revelando que tiene “impotencia reflexiva” y “disfunción eréctil”. Tan solo con buscar unos minutos daremos con centenares de memes diferentes en los que Fisher aparece aportando la lógica del realismo capitalista cuando todos estamos presenciando el final del realismo capitalista. Valga la redundancia. 

La caricaturización de Mark Fisher comenzó como una forma de santificación debido a la poderosa influencia que sus escritos han tenido en los últimos años. Su presencia se convirtió primero en una herramienta para explicar algunos conceptos en cuentas de memes de izquierdas, pero ha acabado transformándose en una “memeficación” perversa que lo sitúa como una mascota más de un discurso que él mismo confeccionó. 

La reproducción de su imagen y supuestos razonamientos en manos de diferentes artistas, comunicadores y creadores de memes me lleva a pensar de nuevo en que, en los tiempos de hiper-comunicación e infoxicación que vivimos, la evolución y deterioro de una obra no está en ningún caso en manos del propio autor. La incontrolable corriente de diferentes memes sobre Mark Fisher demuestra como cualquiera de nosotros puede contribuir a la distorsión (positiva o negativa) de un mensaje artístico. Y que hoy más que nunca, nada puede permanecer estático.

Escuchando a Travisbott

Tras la conmoción y sobredosis de memes de Mark Fisher, continuo mi viaje consumiendo diferentes contenidos por los que pago tan solo unos céntimos de mi moneda corriente, la atención. Me topo con otra publicación que me recuerda la existencia de Travisbott, una versión digital de Travis Scott que creó la agencia digital space150 aplicando tecnologías como el machine learning y el deep fake a una inteligencia artificial. Obviamente, la publicación menciona “Jack Park Canny Dope Man”, la canción de este fake del artista norteamericano compuesta por el propio software. 

La publicación también incluye la cita de Ned Lampert, el director creativo ejecutivo de la compañía: “Pensamos, ‘¿qué pasaría si tratamos de hacer una canción, como una buena canción de verdad, usando la IA y básicamente la dirección creativa de la IA? Así que elegimos a Travis Scott porque es un artista único, tiene un sonido único y todo tiene una estética, tanto auditiva como visual.” 

La compañía comenzó este proyecto para demostrar los tremendos avances que están ocurriendo en el campo de las redes neuronales, aunque acentuando el carácter de la imitación digital para no introducirse en problemáticas más delicadas. Según algunos artículos, la empresa creó diferencias deliberadas entre Travisbott y Travis Scott, dejando entrever que una versión “mucho más exacta” podría ser posible en estos momentos. 

Este acontecimiento nos hace no solo cuestionarnos el poder de estas nuevas tecnologías aplicadas a la creatividad y creación de contenidos artísticos, sino imaginarnos un futuro a corto plazo donde podrán coexistir y convivir diferentes versiones de una misma entidad artística. Copias exactas y otras no autorizadas, customizaciones propias de artistas populares… y la incapacidad cada vez más borrosa para identificar qué es original y qué no lo es. Ya sea como asistencia en la creación o en la reproducción de productos artísticos, estas técnicas y recursos todavía embrionarios desvelan una abrupta confirmación de que la originalidad, como idea, lógica y práctica, ya se extinguió por completo

 

Un recuerdo de mi visita al MoMa: el año encarcelado de Tehching Hsieh 

Siguiendo mi periplo por Instagram encuentro a una cuenta dedicada a la selección de contenidos artísticos recordándome la performance de Tehching Hsieh, One Year Performance, 1980-1981 (Time Clock Piece), parte de su conjunto de cinco acciones titulado One Year Performances and a Thirteen Year Plan. 

El objetivo del artista y de su arte performativo extremo ha sido siempre “reflejar el paso del tiempo”, propósito que se extiende durante toda su carrera. Primero, a finales de los 70, se encerró en una jaula de madera de 3,5 x 2,7 x 2,4 metros durante 365 días, siendo supervisado por un abogado que se aseguró que se cumplieran restricciones autoimpuestas por el propio artista: no escribir, no leer, no ver la televisión, no escuchar música ni hablar con nadie. La segunda performance (la que me recuerda la publicación y yo mismo pude ver expuesta en el MoMa hace más o menos 10 años), que se desarrolló desde el 11 de abril de 1980 hasta el 11 de abril de 1981, Hsieh perforó cada hora (24 veces al día) una tarjeta conectada con un reloj. Cada vez que eso ocurría, el mecanismo tomaba una fotografía de sí mismo en posición central. Con todo el material se confeccionó una película de animación de 6 minutos donde se podía observar la degradación temporal del artista. 

Después, en su tercera performance, Outdoor Piece, Hsieh vivió a la intemperie en las calles de Nueva York entre septiembre de 1981 y el mismo mes de 1982. En Rope Piece, Hsieh y Linda Montano vivieron atados el uno al otro con una cuerda de 2 metro y medio. Debían estar siempre en la misma habitación y no podían tocarse bajo ningún motivo. Su última performance, No Art Piece (1985-86) consistió en no relacionarse con nada que tuviera que ver con el arte: no crear, no entrar en galerías ni ver nada relacionado con el arte.

Finalmente, para su Thirteen Year Plan (desde el 31 de diciembre de 1986 al 31 de diciembre de 1999) se autoimpuso “seguir creando arte” pero “no mostrarlo públicamente”. Hsieh perdió (o interrumpió) su propia vida como artista intentando “detener el tiempo”, de capturarlo y exponerlo con deliberados procesos de degradación y meditación propia. Su obra es una gran paradoja sobre la continuidad artística y el tiempo como algo ineludible en cualquier obra. 

Una Roland TR-808 a 322 euros

Acto seguido, veo que Thomann promociona el producto RD-8 Rhythm Designer de Behringer, su famoso clon de la caja de ritmos Roland TR-808. El clon de la marca alemana cuesta 322 euros y según muchísimos expertos, no hay apenas diferencias perceptibles entre la copia y la versión original de Roland, un sintetizador que puede llegar a costar entre 3.000 y 4.000 euros por su carácter vintage y descatalogado. 

En su momento, la marca japonesa vendió pocas copias de la icónica caja de ritmos, y las copias disponibles en el mercado de segunda mano son escasas si lo equiparamos a la demanda. Como ya es popularmente conocido, los sonidos de esta caja de ritmos analógica han influido de forma determinante en el desarrollo de la composición musical contemporánea. 

Hace ya algunos años que Behringer encontró una solución avispada a esta problemática: el deseo de poseer una TR-808 pero sin pagar un prohibitivo precio de segunda mano. Su estrategia fue clonar los circuitos, no patentados por la marca original, y manufacturar una versión con componentes similares pero a un coste más bajo. 

Behringer ha hecho lo mismo con marcas y modelos característicos de Moog, Oberheim o Pro-One, emulando los productos sin usar la misma denominación y mucho menos el diseño original. Hace un tiempo que Roland se vio obligada a lanzar una línea de miniaturas que imitaban (en aspecto y sonido, no en circuitería) sus productos más emblemáticos (entre ellos, la TR-808 o la TR-303). 

Además, Roland encontró una nueva forma de hacer frente a esta nueva forma de competitividad comercial por parte de marcas como Behringer: patentar el diseño y las formas características (incluido el color) de los componentes del aparato original. Así, Behringer tuvo que invertir y modificar colores si quería comercializar su propia “imitación” de la famosa TR-808. 

La Gran Vía de Antonio López

Ver en tu timeline un cuadro de Antonio López siempre provoca una sensación extraña. Podrían ser confundidos con fotografías, como siempre ha pasado cuando observamos una de sus piezas hiperrealistas. El pintor total de Tomelloso (Ciudad Real) también ha buscado siempre “detener el tiempo” con sus pinturas. 

Pero en esta ocasión, a mí me ocurre algo diferente, a la inversa: al mirar una publicación de una amiga mía, confundo una fotografía real tomada en una gran vía desierta (época primer confinamiento) con el cuadro más emblemático del artista. El poco tiempo destinado a la percepción de la publicación genera en mí una confusión momentánea: no entiendo lo que he visto, si la obra real o la realidad misma. 

Esta anécdota reactiva en mi cabeza un pensamiento en el que profundicé hace años: cómo la reproducción fotográfica y la pintura hiperrealista puede ser vista como una imitación de la más pura realidad o una necesidad de generar una dimensión paralela a la propia realidad. 

La canción de DOGGFACE que han versionado los Fleetwood Mac

Después, me encuentro con algunos memes que invierten el suceso que hizo famoso en todo el mundo al cholo @doggface208: situaciones meméticas que proponen (irónicamente) que realmente fue él el compositor de “Dreams” de Fleetwood Mac y que el mítico grupo ha compuesto tras su vídeo viral en TikTok la canción que se puede escuchar en Spotify. 

La canción más universal de Fleetwood Mac ha gozado de una nueva re-incursión en la cultura popular tras ser escogida por el creador de contenido en su famoso paseo con skate tomando zumo de arándanos rojos. De hecho, muchos de los beneficios de publicaciones derivadas del vídeo que contienen la canción se están monetizando por la banda y no por los creadores de los vídeos. 

Por si fuera poco, los streams de la canción se han incrementado considerablemente desde la erupción del vídeo. De nuevo, un vídeo que simboliza una escena de “libertad mundana” en un año y contexto que nos ha hecho reflexionar sobre nuestra realidad, nuestra existencia, nuestros derechos y nuestros bienes más preciados, se transforma en una herramienta para exponer nuevos mensajes y distorsionar el mundo. 

Imaginen por un momento que es cierto lo que proponen esos memes: el individuo sale de paseo en skate tarareando una canción que acaba de componer, y acto seguido surge un grupo emulando esa composición y creando una canción completa del boceto que se ha “escuchado” en TikTok. 

De alguna manera, esto ya está pasando en la red social de origen chino, un “simulador” donde la creatividad se concibe como algo discontinuo y colectivo, donde las ideas se alteran pasando de unos a otros. Artistas ya usan la plataforma para observar la reacción a algunas nuevas composiciones y son los tiktokers los que actúan como la nueva radio: antenas de transmisión capaces de expandir, alterar y amplificar algunos contenidos y otros no. 

Jose Luis López Vázquez encarnando a Antoni Gaudí

“La originalidad es una vuelta a los orígenes” dice José Luis López Vázquez interpretando a Antoni Gaudí en un fragmento de un documental perdido que jamás se estrenó en salas y únicamente fue visionado en pases privados. 

El historiador Carles Querol lo encontró hace más o menos un año en un almacén de una entidad financiera que poseía copias “embargadas” de la cinta Antoni Gaudí, una visión inacabada, dirigida por el cineasta y realizador televisivo estadounidense John Alaimo. 

En el documental, el actor da vida al arquitecto, quien repasa durante el metraje algunas de sus enseñanzas, inspiraciones, obras y filosofía artística. La escena que me encuentro en mi paseo por Instagram es aquella en la que Gaudí les explica a unos jóvenes alumnos la sustancia más inspiradora para su arte. Él se dirige a ellos apuntando a la ventana, “allí afuera”, “donde todo se encuentra en equilibrio”. 

Para el universal e influyente arquitecto catalán, su principal propósito fue siempre “imitar a la naturaleza”, siendo esta filosofía enraizada en profundos sentimientos religiosos. También se ha formulado desde hace décadas que posiblemente la filosofía de Gaudí estuvo influenciada por el pensamiento oriental y concretamente el taoísmo. 

Por último, una nueva cita de Bruce Lee

Antes de salir de la aplicación me espera una nueva cita de Bruce Lee, uno de los artistas contemporáneos quizá más citados en nuestra era. Corresponde a unas notas incluidas de forma póstuma en la publicación de su libro de cabecera, El Tao del Jeet Kune Do, donde propone filosófica y estructuralmente el diseño de un nuevo arte marcial que se anticipó décadas a las disciplinas de combate que hoy proliferan en televisión. 

La cita dice: “In memory of a once fluid man, crammed and distorted by the classical mess.” Para el que escribe es una de las frases y pensamientos que mejor simplifican la filosofía del maestro: el concepto de “desaprendizaje” estuvo presente en toda su obra (cinematográfica y como maestro de artes marciales) y se encuentra en la columna vertebral del Jeet Kune Do. 

Habla en primera persona de una experiencia vivida durante siglos en Occidente, donde la creencia en la inmutabilidad y la permanencia se han extendido de forma global. Lee se observó a si mismo “infectado” por las tradiciones y normativas impuestas en el mundo de las artes marciales y creó desde cero un estilo que respondiera a sus necesidades y las de los combates reales. En ese sentido, fue un auténtico revolucionario que consiguió diseñar su propio contexto y pensamiento: la mutabilidad permeando sobre todos los razonamientos del que combate y movimientos simples, directos y que se repetían constantemente.

Frankie Pizá es agente cultural, divulgador y experto en teoría de la información que hoy en día es parte de la dirección creativa en Primavera Sound y Vampire Studio. Con una experiencia de más de 15 años en la industria musical como crítico, asesor y generador de contenido ha dirigido medios digitales como Concepto Radio o TIUMag, habiendo colaborado en distintas épocas con otros como PlayGround, BeatBurguer o Tentaciones (El País) y siendo consultor para artistas como Alizzz o Whoa! Music. En estos momentos también actúa como asesor estratégico y musical en WOS y ha regresado a la prensa escrita para la nueva Rockdelux. Su interés va enfocado en las nuevas formas y vertientes de la comunicación digital aplicada al territorio cultural y artístico, no solo musical. En este campo, lleva ya varios años experimentando con las nuevas formas de divulgación adaptadas a las nuevas realidades comunicativas de Internet. 

TÍTULOS RELACIONADOS