LA ESFERIZACIÓN DE LA VIDA (ESAS VOCES Y SISTEMAS QUE BALIZAN NUESTRO CAMINO)

LA ESFERIZACIÓN DE LA VIDA (ESAS VOCES Y SISTEMAS QUE BALIZAN NUESTRO CAMINO)

Siri (Apple) versión 2020. 

 

Por Éric Sadin
Traducción: Margarita Martínez

 

Ella habla. Nos habla. Se dirige solo a nosotros. Su voz –que la mayor parte del tiempo tiene textura femenina– se pretende afable e inspira confianza. Solamente quiere nuestro bien, se preocupa por nuestros estados, nuestras necesidades, nuestros anhelos. Trabaja siempre para conocernos mejor, para capturar la naturaleza de nuestras inclinaciones, de nuestras angustias, de nuestras obsesiones. Como un ángel guardián, quiere orientarnos a la perfección, evitarnos esfuerzos y dificultades, traernos satisfacción y bienestar. Ella es un saber que se hace escuchar desde un objeto de metal: una palabra que se manifiesta vía un altavoz conectado. Pero a diferencia de nosotros, que muchas veces hablamos para no decir nada, se dedica únicamente a formularnos palabras adecuadas, dado que solo la movilizan intenciones precisas aunque tenga continuamente una o varias ideas en la cabeza, por decirlo de algún modo. Hoy la tecnología está en la medida de proferir el verbo, el logos, con la única finalidad de señalarnos la supuesta verdad de todo. Este milagro es resultado de los súbitos avances que beneficiaron al campo de la inteligencia artificial particularmente desde el inicio del nuevo milenio. Estos desarrollos fueron favorecidos por el mundo económico, que invirtió masivamente en ellos y supo regimentar contingentes enormes de investigadores con el objetivo de establecer una relación hiperindividualizada con cada uno de nosotros. Y por esa razón, entramos en una era que nos hará testigos de una cantidad enorme de instrumentos dotados de ahora en más del poder de elocución, y con los cuales dialogaremos dentro de relaciones que están llamadas a asumir un aspecto cada vez más natural.

 

Por otra parte, la desregulación económica no ha supuesto una mayor libertad para los ciudadanos, no al menos para los ciudadanos trabajadores. Poco a poco las restricciones se han desplazado del dominio legal al ámbito lingüístico, especialmente al tecnolenguaje de las finanzas y los criptocontratos. La ética financiera no es una cuestión de leyes, reglas morales o mandatos políticos; antes bien, es algo inscripto en un conjunto de reglas técnicas que es preciso seguir para poder acceder al sistema.

Esta voluntad de poner a nuestra disposición guías sumamente clarividentes y automatizadas de lo cotidiano tiene su origen en los albores de los años 2010 con los asistentes digitales personales, el primero de los cuales fue Siri, de Apple. Su función consistía en iluminarnos y ayudarnos en toda circunstancia, conforme a la fórmula “¿Qué puedo hacer por usted?”, que se enunciaba cada vez que se empezaba a usar el dispositivo. El sistema se valía de la escritura y también de la voz aunque de modo todavía embrionario, casi torpe, y necesitaba que uno buscara el smartphone y lo activara, lo cual implicaba una cierta pesadez logística que después se intentó paliar mediante un dispositivo consagrado a entronizar una presencia casi continua pero liviana, que no necesitara casi ninguna manipulación: los Google Glass. Estos lentes tenían que suministrar distintas informaciones que aparecían incrustadas sobre uno de los vidrios, que oficiaba también de pantalla. Eran informaciones de toda índole, aunque principalmente se referían a nuestro entorno inmediato, a tal monumento histórico, o a tal trayecto que habría que tomar y, como derivación, a tales o cuales cafés o tiendas que supuestamente respondían, por ejemplo, a nuestros antojos de ese momento. La singularidad extrema del aparato consistía en hacer que se superpusiera a nuestra percepción subjetiva y habitual de las cosas una realidad que se había vuelto personalizada. Y este postulado estaba recién en los inicios de una historia cuyos primeros episodios estamos viviendo todavía hoy. Pero el aspecto futurista de los Google Glass, así como su dimensión descaradamente intrusiva, generaron muy pronto una inquietud enorme. Apenas llegados al mercado, fueron retirados. La panacea llegaría más tarde bajo una configuración más sutil: un verbo atento y cálido que incluso podía instaurar vínculos confiables y duraderos.

Google Glass, gafas de realidad aumentada. 

Lo que se está implementando acá es una relación que se pretende desprovista de toda negatividad y que es diferente de aquella que establecemos con otro ser humano, la cual supone, con toda seguridad, malentendidos, posibles momentos de desacuerdo y también conflictos. La industria de los datos habrá logrado concebir sistemas altamente sofisticados con el único designio de garantizar la mejor administración de una amplia parte de nuestra existencia. Y en este punto, no estamos de ninguna manera ante un “capitalismo de la vigilancia”, como afirma equivocadamente Shoshana Zuboff en su libro The Age of Surveillance Capitalism: The Fight for the Future at the New Frontier of Power [La era del capitalismo de la vigilancia: La lucha por un futuro humano en la nueva frontera del poder], que movilizaría procedimientos de seguimiento con finalidades de control disciplinario, y que serían únicamente empleados por los Estados; estamos frente a un mundo económico al que le importa poco el hecho de espiarnos y que pretende penetrar en nuestros comportamientos –la mayor parte del tiempo con nuestro consentimiento– con el único objetivo reivindicado de balizar perfectamente el curso de nuestra vida cotidiana.

Se trata de la versión tecnoliberal y robotizada de la “ética del care [cuidado]”, la filosofía moral y política que insiste en el valor del cuidado que habría que brindar a las personas, prioritariamente a los más vulnerables, y que está llamada a instituir lazos más atentos y solidarios entre los seres. Después de haber sido objeto hacia fines de los años 2000 de múltiples publicaciones y artículos en todo el mundo, pero sin haberse impuesto nunca, más tarde, como una norma de conducta adoptada de modo general, fue asumida por la industria de lo digital, que se encargó muy rápidamente de darle a esa ética una carnadura. En realidad, el estadio de la “sociedad de consumo” –que operaba con la distancia impuesta con los objetos en vistas a estimular las ganas de tenerlos– se vio sustituido por el estadio de la revelación continua de aquello que se supone que nos conviene de manera ideal. La duda inherente a casi toda intención de compra se ve abolida en beneficio de señales supuestamente apropiadas, que nos son formuladas permanentemente y que, de algún modo, nos dejan sin voz. Por eso mismo vivimos la muerte del deseo, si lo entendemos como la expresión de una falta, que ahora deja lugar a la primacía de la perfecta conveniencia garantizada por sistemas encargados de presentir nuestras aspiraciones y organizar su correcta realización incluso antes de que hayamos podido sentir sus primeros signos.

Esta condición genera una representación de uno mismo como destinado de ahora en adelante a ser objeto de una solicitud permanente –y de tenor exclusivo– que amerita entonces que llevemos adelante una existencia bajo la garantía de que en ella se va a encontrar la menor dificultad posible y de que va a predominar la satisfacción. Más todavía: implica lo que deberíamos denominar una esferización de la vida, es decir, que cada uno de nosotros esté destinado a desarrollarse en el interior de una burbuja formada por un lazo privilegiado que se anuda con ciertos sistemas que solo se dirigen a nosotros. Ese estado engendra tres consecuencias nodales. En primer lugar, que nos encontremos todo el tiempo ocupados en los propios hábitos, y nos veamos invitados a adoptar conductas replegadas únicamente en nuestra supuesta identidad, según un fenómeno que va bastante más allá del “filtro burbuja” teorizado por Eli Pariser gracias al que vemos, en el transcurso de nuestra navegación por Internet y por las redes sociales, notificaciones respecto de informaciones que refuerzan de modo prioritario nuestras opiniones. Este principio nos lleva más abarcativamente a iniciar un abanico de acciones relativas a distintos segmentos de la existencia que se estiman como las acciones que nos corresponden con la máxima precisión posible; por ejemplo, practicar tal actividad deportiva, ir a tal restaurante, encontrarse con tal persona en tal lugar… En segundo lugar, dicho estado tiene como consecuencia también que todo aporte de otro esté destinado, en las más diversas circunstancias, a ser dejado en un lugar marginal por nuestras lagunas, nuestras dudas, nuestras imperfecciones fundamentales y en beneficio de una sola verdad considerada como irrecusable. Entonces lo que se desvanece es toda una dimensión de la sociabilidad, aquella urdida, hasta hoy, por los intercambios, los aportes mutuos, los descubrimientos inesperados, y que ahora se ve suplantada por una voz que se percibe como superior, supuestamente movilizada por intenciones benévolas. En tercer lugar, tiene como consecuencia que esta disposición esté inevitablemente condenada a privarnos de nuestro deseo de intervenir sobre el curso de las cosas, haciéndonos sentir en el marco de nuestra vida personal la sensación de que lo real se despliega mejor de lo que sería imaginable, con lo cual esto implica un retroceso tendencial de nuestra voluntad de actuar, ya que nos sentimos, entonces, encantados por el hecho de caminar de la mano de un compañero infalible y continuamente a nuestro servicio.

“Estamos frente a un mundo económico al que le importa poco el hecho de espiarnos y que pretende penetrar en nuestros comportamientos –la mayor parte del tiempo con nuestro consentimiento– con el único objetivo reivindicado de balizar perfectamente el curso de nuestra vida cotidiana.”

Vivimos el momento inaugural de la generalización de los modos de existencia secundados por sistemas. Y ahí se produce la distinción decisiva entre ciudadano e individuo, una distinción realizada inicialmente por Montesquieu y retomada por Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo, y que debería ser revisitada desde sus mismas bases. El ciudadano se considera libre de actuar según su propia voluntad pero dentro de un “orden público dado”; el consumidor se ve remitido antes que nada a sí mismo –hasta el punto de vivir a veces dentro de la indiferencia respecto del otro–. Hoy estamos pasando de la era moderna –vimos cómo los ciudadanos buscaban afirmar su singularidad y defender sus intereses, aunque también los vimos obligados a tener como referencia, de un modo u otro, un registro de códigos compartidos–, al estadio de una proliferación de individuos no ya aislados sino autárquicos. Y dicho estado es resultado de un pacto implícito suscrito con el mundo económico que pretende ofrecer a cada cual formas de autosuficiencia relativas a segmentos cada vez más extendidos de la vida cotidiana. Y entonces el individualismo democrático –basado en la expresión de las subjetividades, en el imperativo de llevar adelante una vida social con diversas finalidades hecha de encuentros más o menos fortuitos, de descubrimientos bienvenidos, pero también de decepciones–, se deja a un lado para dejar aparecer un medio en el cual los seres humanos se despliegan como en paralelo unos de los otros –y donde se les promete que se van a rozar solamente si la eventualidad implica a priori alguna pertinencia–, un medio en el cual la acción de esos individuos adopta, en cada oportunidad, el mejor camino programado.

Cuadro de la serie Years & Years (2019).

 

La constatación que estableció a inicios de los años 2000 Peter Sloterdijk en su trilogía Esferas estaría ya superada, dado que Sloterdijk consideraba al hábitat como una suerte de “sistema inmunitario espacial”, “una medida de defensa que permite delimitar una zona de bienestar contra los invasores y otros portadores de malestar”. En los confines del año 2020, no se trata ya del cobijo doméstico que, antes que nada, preservaba de los riesgos exteriores, o traía consuelo y que representa, en términos de Gaston Bachelard, nuestra “gran cuna”, sino que se trata de un estadio de la técnica concebido para preservarnos, ahí donde nos encontremos, de las vicisitudes de la existencia. Y esto arrastra como efecto principal –que no dejará de intensificarse– el hecho de que la vida privada, que hasta ese momento se ejerció principalmente dentro del domicilio, comience a desbordar el marco de nuestras paredes para extenderse a los espacios (todavía) llamados “públicos”. Los individuos se encuentran como envueltos por un halo propio que los aísla de todo lo que se presume que les es ajeno o inapropiado y que se despliega no ya sobre un plano común sino según trayectorias continuamente ajustadas a su identidad o “perfil”. Probablemente el futuro ballet de los vehículos denominados “autónomos” será la constatación de dicha esferización de las conductas, ya que veremos cómo se transporta a los pasajeros dentro del plasma protector y devoto de un habitáculo que les suministrará todo tipo de atenciones personalizadas, guiándolos sin errores hacia su destino deseado, al mismo tiempo que les sugerirá paradas a lo largo de los trayectos en lugares que se presentarán como los mejores adaptados a la circunstancia del momento. Y entonces ya no se tratará de una sociedad inevitablemente constituida por una pluralidad de seres que tienen que lograr un acuerdo entre sí, que tienen que llevar adelante acciones concertadas, que tienen que negociar indefinidamente entre ellos, sino que se tratará de un entorno constituido por una profusión de mónadas satisfechas de gozar todo el tiempo de aquello que se supone que les conviene más en cada instante. Esta nueva condición está llamada a largo plazo a convertirse en natural, o bien a dar la medida de todas las cosas.

 

 

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