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Por Leo Espluga
Después de tener el libro durante varios días viajando del recibidor al escritorio, de ahí a la estantería, de la estantería a la mesa de centro del salón y siga sucesivamente, hace unos días me decidí por fin a leer Amigdalatrópolis, un libro que desde el primer momento que apareció en el radar cultural tuvo mi atención debido al tema que aborda y a primera vista su propuesta formal. Este libro se sitúa dentro del tropos ya clásico de Caja Negra: temática cibernética, exploración de las formas textuales, relación misticopoética con las tecnologías, cierta autoficción, etcétera, pero no por ello deja de sentirse realmente original. El texto del autor norteamericano nos sitúa en la intersección de un chatlog de un foro del internet profundo (que no la marketinianamente llamada deepweeb), la narración de la «vida» de un usuario que vive encerrado en su habitación (supongo bastantes estaréis familiarizados con los hikikomori, sino recomiendo buscarlo) en la casa de sus padres, y sus sueños febriles.
Debo decir que pese la inicial atención que había suscitado en mí, me dirigí a leerlo con una buena dosis de escepticismo. Como estoy familiarizado con la cultura del internet profundo era perfectamente consciente de la brutalidad que iba a aparecer y tenía un genuino miedo de que el libro incurriera en el morbo, la perversión o la mera estetización egotista. Este es un tropos muy habitual en la literatura del siglo XX, especialmente la francesa, con la que personalmente prefiero no sentarme. Entiendo el sentido histórico, pero no puedo evitar sentir cierto rechazo visceral al leer a Bataille y todo lo que viene después de él (consciente de que hay siempre brillantes excepciones o incorporaciones colindantes magníficas). Quisiera recalcar que no me genera rechazo por una cuestión moral, sino más bien por una metafísica. No son los contenidos, sino el espíritu que emerge de esos textos y sus palabras el que rechazo. Sé que esto es una generalización de brocha gorda y hay particularidades que sí llevo conmigo, pero considero éticamente que con la perversión no se negocia, no se media, el uno acaba por resultar unilateral.
Dicho esto, el hecho es que me dirigí hacia el texto con prudencia y lo que encontré fue… un gran libro. Encontré un texto valiente, sensible, honesto, responsable y por qué no decirlo, bello. De entrada, el texto funciona y su artilugio literario convence desde el primer momento. Su capacidad para generar una atmósfera polifacética es también notable. A partir de una habitación oscura y el brillo de la pantalla donde aparecen TW: violaciones, mutilaciones, hurtcore, mensajes delirantes, sórdidos, jodidamente quebrados, se consigue un cosmos denso y complejo del que emergen figuras de lo más potentes a nivel literario y humano.
El libro evita caer en las que, a mi parecer, son sus dos mayores tentaciones: la morbosidad tipo true crime y la exploración psicológica del «protagonista». Este, y estoy contento de escribirlo, es un libro sobre la interfaz, la imagen, la aniquilación de la identidad por parte del avatar digital. Es un libro sobre las materias de la nada en un nihilismo rebosante de imágenes sórdidas sobre la piel y la carne. Los fragmentos de texto que pertenecen a este especie de sueño delirante forman una especie de cosmogonía gore sobre el vació y la impotencia del hombre digital impotente contemporáneo./1404er/, el usuario e identidad protagonista, es todo lo que es este «chico» cuyo nombre humano se le perdió en el olvido entre vídeos de desmembramientos y raids filofascistas. Se perdió afuera, más allá de esas cuatro paredes repletas de ropa sucia, ramen instantáneo, semen seco y el Ordenador. El libro es sórdido, porque debe de serlo para su cometido. Es sórdido, pero se entrega al deber de explorar la sordidez sin renunciar nunca a su humanidad. No todo vale y eso el autor lo sabe perfectamente. No hay censura, lo que hay es una responsabilidad que no ha dejado de conmoverme durante toda la lectura. Y es esta responsabilidad la que me induce a un estado meditativo, atento y vulnerable cuando leo el libro. El texto no me golpea, y creedme que tiene todos los medios y tentaciones para hacerlo, sino que me envuelve en ese cosmos y me muestra un mundo. Es importante, y se nota, que el autor es un nativo digital. Los textos se muestran genuinos y quizá esa cercanía sumada al innegable talento imaginativo para describir texturas-olores-espasmo, hacen que su lectura nos llegue de manera directa suprimiendo la mediación e impostura.
A título personal he de decir que el contenido del libro, especialmente el de los foros, no me ha pillado por sorpresa. Me tiré mucho tiempo en el mundo de internet durante la adolescencia y conozco los sujetos que habitan estos espacios. Al final, tengo que reconocer que llevo una extraña losa llamada haber sido gamer, y es cierto que habiendo estado siempre lejos de estas posturas y mundos, en mi entorno siempre hubo quien entró más y menos en estas tuberías diabólicas. Yo viví el gamergate perteneciendo a la comunidad, y lo que vemos en los despiadados foros del libro no deja de ser, salvando las distancias, una continuación-extremización de las maneras y estructuras emocionales y psíquicas presentes en un chat promedio de una partida de League of Legends. Los tropos reducidos al absurdo sobre el nazismo, la misoginia, el racismo, y una perturbadora obsesión con desearle la muerte o cáncer a la gente, pertenecen tristemente a la cultura (esencialmente masculina) gamer y de internet. Esto se debe, entre muchos otros factores, a la deshumanización de las personas presas de una ironia edgelord que funciona como paliativo de una angustia existencial arraigada en una incapacidad para enfrentarse al mundo (síntoma evidente de un capitalismo tardío que ha cancelado el futuro y saboteado nuestra líbido con un desbordamiento a base de estimulantes, dejándonos en una intemperie simbólica y metafísica). No voy a extenderme más en esto, ya que se ha escrito y dicho bastante (y mejor) sobre este tema.
Es importante avisar con que si no estáis habituados a estos entornos de internet la turbiedad y repugnancia del asunto os van a impactar mucho. De hecho, éste es un libro que pese haberme fascinado y haberse convertido en una de mis mejores lecturas de los últimos tiempos, me veo incapaz de recomendar de manera genérica. Cada unx que decida.
El texto ha encontrado (da igual si de manera voluntaria o no) una manera de abrirse paso en mi sensibilidad formando un lugar que se iba ensanchando en cada acto de leer produciendo en mí un lugar enteramente suyo. Un lugar ambiguo, fronterizo, ese ello tan débil y omnipotente. Un lugar que, como decía al inicio, parece supurar de una mitología arcaica. En este lugar las imágenes son nítidas en la niebla densa de polvo y falta de sentido que rodea toda acción, toda imagen, todo pensamiento. En el vaciamiento de la identidad van entrando gusanos y fantasmas. Pánico y desidia.
Antes de terminar, por ponerle alguna pega o pero, pese a estar realmente bien escrito y estar incluso justificado, me hubiese gustado que no apareciera cierto pasado que explica su manera de ser, el «trauma» que produce X. Hay algo ahí de biografía, de sentido, de sujeto, que me hubiera gustado que no estuviera. Me hubiese encantado ése atrevimiento: rendirse a la alucinación y la aniquilación de la carne, a su cosmos. Aún así, esto es un pero quisquilloso que está lejos de ser un problema. Sobre todo porque esa «explicación» queda enmarcada en la voz del narrador sin contaminar las otras dos voces que conforman el aparato.
Así que, terminé el libro y me quedé en silencio, con un cuerpo meditativo y lento, en estado de absorción. No diría que con mal cuerpo, removido, pero si en un estado de baba, de viscosidad. Terminé y me dirigí a la cocina y empecé a lavar los platos uno por uno, a secarlos y guardarlos en una acción que duró lo indeterminado.