¿SE PUEDE DESEAR EL FIN DE UN MUNDO? (REVISTA CONCRETA N° 15)

    ¿SE PUEDE DESEAR EL FIN DE UN MUNDO?

    N° 15 DE REVISTA CONCRETA, EDITADO POR CAJA NEGRA
    Participan: Yuk Hui, Caja Negra, Leo Felipe, Naief Yehya, Jack HalberstamAlejo Ponce de León Julia Volpato, Juliana Huxtable, @criticaldías, José Esteban Muñoz, Paulo Tavares, Zoe Leonard, Lucrecia Masson,  Moira Millán, Sofía Dourron, Santiago Villanueva, aliwen, Paco Chanivet, Lina Meruane
    ISSN: 2254-9757
    Páginas: 123

    El apocalipsis se ha convertido en una serie interminable: no «apocalipsis ya», sino «apocalipsis de ahora en adelante». El apocalipsis es un hecho que tiene y no tiene lugar.
    —Susan Sontag

    El apocalipsis es ahora, en 1725, frente a la costa este de Saigón: barcos de esclavos. Hay más registros de barcos de esclavos de los que uno se imagina. Resulta impensable hasta que uno repara que durante doscientos años zarparon barcos con cargamentos de esclavos.
    —Public Enemy

    Los blancos nos tratan como ignorantes solo porque somos gentes diferentes a ellos. Pero su pensamiento es corto y oscuro, no logra ir más allá y elevarse, porque quieren ignorar la muerte […] Los blancos no sueñan lejos como nosotros. Ellos duermen mucho pero solo sueñan consigo mismos.
    —Davi Kopenawa y Bruce Albert

    Cuando nos llegó la invitación para que Caja Negra editase el número 15 de Concreta, muchas ciudades en todo el globo ardían en barricadas. Esos cuerpos en la calle, unos muy cerca de otros, proclamaban la destrucción de la vieja normalidad haciendo frente a la violencia estatal que no dudaba en disparar balas y ya no solo gases lacrimógenos. Entonces era diciembre de 2019, y nos preguntábamos, ¿puede ser acaso deseable el fin del mundo tal y como lo conocemos?, ¿tenemos el suficiente coraje como para atravesar el apocalipsis? Desde hace ya más de una década que la catástrofe planetaria volvió a posicionarse como un tropo recurrente en el imaginario social. La impotencia de los agenciamientos colectivos para cambiar un rumbo civilizatorio que parece marchar inexorable hacia el colapso aviva un repertorio de imágenes de futuro que se alimenta de una larga tradición mitológica y política. ¿Pero podemos hablar del fin de un mundo cuando sabemos que muchos otros mundos ya fueron o están siendo ahora mismo violentamente cancelados? ¿Cómo abordar una figura de este tipo desde una perspectiva ni universalista ni antropocéntrica? Sentimos que esta invitación de una revista española a una editorial argentina a ocupar el espacio de sus páginas debía multiplicarse en invitaciones de igual naturaleza, es decir, en alianzas que se tejan entre contextos y prácticas diversas. Nos propusimos entonces propiciar un diálogo que incorpore saberes heterogéneos (las artes, las ciencias sociales, la filosofía, pero también la ficción, o saberes prácticos como los que anidan en los cuerpos que danzan y en los que resisten), situados en regiones, experiencias y perspectivas distintas. Nos encontrábamos elaborando una selección de artistas y participantes para este número en base a esos interrogantes cuando una pandemia irrumpió en nuestras vidas disolviendo el carácter especulativo de estas meditaciones.

    Comentábamos, medio en broma medio en serio, que habitábamos una sensación compartida de que el siglo XXI recién comenzaba ahora, en este impasse de confinamiento global. No el atentado a las Torres Gemelas, sino la aparición de una entidad que sin estar ni viva ni muerta ha dejado en suspensión los ritmos desbocados del capitalismo, al mismo tiempo que ha acelerado algunas tendencias que se pronunciaban desde finales del siglo pasado. ¿Leeremos de manera diferente después de la Covid-19 la famosa cita de Jameson que afirmaba que parecía más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo? A la luz de los acontecimientos, pareciera que esa formulación escondía una trampa, en tanto que ambos términos están, en esta encrucijada epocal, mutuamente implicados. Es así que, a medida que los escenarios imaginados durante tantos años por las narrativas distópicas o las proyecciones científicas más pesimistas comienzan a colarse en nuestra vida como nuevas realidades cotidianas, la organización social, económica y política vigente parece dar señales de un agotamiento definitivo. Lo cual no implica que aquello que se anuncia en el horizonte sea necesariamente una alternativa superadora, ni tampoco que lo que parece expirar no vaya a regresar con más arrojo, bajo otros nombres con nuevas formas. Ya hace tiempo convivimos con el declive de los mitos modernos del progreso y de la universalidad de la razón occidental. Sabemos, sin embargo, que la crisis es también un recurso para la expansión de fronteras. El oxímoron «nueva normalidad» nos pone en alerta: la excepción todavía no acaba y ya se balbucea un nuevo orden de las cosas.

    El final de un mundo siempre implica el comienzo de otros. Aunque lo humano desaparezca o mute, lo vivo continua. Al final no somos tan importantes. Quizás la tarea de hoy tenga más que ver con enredarnos con lo históricamente inhumanizado para activar un programa de desorden total que fisure las reorganizaciones constantes que el apocalipsis como norma y el paradigma político de la emergencia puedan implicar. Dejar de ignorar la muerte y soñar más lejos, y menos, con nosotros mismos. Escuchar el testimonio de todos esos seres y comunidades que ya tuvieron que enfrentarse a su violenta extinción. Al fin y al cabo, como en esa famosa frase de William Gibson sobre el futuro, el apocalipsis ya aconteció, simplemente no estaba equitativamente distribuido.

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