UNA LOCURA NECESARIA

UNA LOCURA NECESARIA

Por Federico Barea y Maximiliano Storck 

Leer a Burroughs siempre es un acontecimiento. Su zona textual promueve focos insurreccionales en el preconsciente, sus agentes lingüísticos se inmiscuyen ahí donde lo subliminal se organiza para caosificar, lo suyo es armar bardo en los centros sinápticos donde se atan y desatan pretensiones. Tijeras, grabadores y cinta en mano, se pregunta ¿qué es el sexo? ¿qué es lo humano, lo propio? ¿qué es la palabra? Las respuestas posibles, las normalizadas y las conjeturales son desmontadas, reordenadas, liberadas para ejercer una síntesis nueva y reincorporadas luego al sistema cerrado de la cultura. Como lo pretendía Artaud en el teatro de la crueldad, deshegemonizar el cuerpo, libertar los órganos. La estrategia burroughsiana es concreta como en Vertov, como en Schaeffer, Steve Reich, Beckett o como en Raymond Scott, él también es un artista del montaje. Su apuesta: alcanzar el des-orden a través de la re-orgon-ización de la palabra, alta droga: hacia la resemantización interior, ¡siempre! Plop.

Si la primera nos trajo hasta acá, entonces copiarla, amasar una Eva siamesa o un tomatelás, dinamitar la dialéctica de la Creación, porque no existe oposición posible que nuestra mente pueda procesar cuando dónde todo es lo opuesto a sí mismo, así mismo cómo puede haber oposición si no hay afuera, si el cuerpo, la máquina blanda que es nuestro adentro es este corso en el que aprendimos a confinar la razón, este movimiento perpetuo del corazón que es la locura que es un estadío donde los torrentes de razonamientos se entremezclan que es la columna flexible del último coral que bajo el sol de una nova se contonea en los oceánicos ojos de un lémur.

Sólo Burroughs es capaz de hacerlo, pero hacelo vos también, porque como dice el pibe subliminal, al ver verás.

Burroughs describió, como Vaneigem, como Debord, en la tradición de Spengler, Freud, Adorno, el malestar contemporáneo. Como ellos ejerció un arte revolucionario de la sensibilidad, una apuesta a la modificación de la percepción que atentase contra los nexos asociativos obsesivos. Estos nexos provienen del Estado, la familia y la prensa, del sector privado y la industria cultural como antes lo hicieron del aspecto exotérico de los rituales religiosos. Son concretos, son conscientes. Burroughs dispara contra tanto automatismo, desplaza los cimientos de la propiedad del lenguaje. Usa las palabras, las lija, las pule y las baña en cromo, las asocia y las recategoriza para combatir la locura circundante de la norma. En esta mitología de la era espacial, el collage narrativo detona la figura de autor, de narrador. La repetición de fórmulas usadas hasta el hartazgo, el manejo de las tensiones narrativas, clímax, reposo, estereotipos, vuelven, esta vez en forma de farsa. ¿Logró su propósito? Cabe el “ni ahí”, porque la suya era la última instancia antes que el maelstrom se lo devorase todo. Pero en su obra aparece la figura del saboteador, I and I, una suerte de Yojimbo espacial que llega para acelerar el desastre. Burroughs alguna vez dijo, mejor el caos que la aniquilación total. Entonces, qué genialidad la suya. Qué intento, qué nobleza la San Puta. Tirar de la hilacha y desvestir el cuerpo crudo y explotado que se estremece en la punta del tenedor, buen provecho.

La revolución electrónica es una apuesta vitalista ante este mundo condicionante. Responder por las cintas y la reproducción y el feedback es otra manera de autoafectarse. Ante el sustancialismo de los discursos dominantes, el vitalismo anarca del feedback que busca desanudar los nexos asociativos atávicos de esta violenta especie. Es su afán destruir el virus palabra que nos inyecta realidad a cada rato, la fuga insustancial en el sitio donde se acoplan la palabra y la cosa. Si enunciar es una estafa porque encubre un procedimiento desconocido incluso para el enunciador, ¿cómo romper la línea de montaje discursiva que estimula la manipulación? En la resaca del escándalo (en un mundo donde ya nada escandaliza) estos textos recogidos y traducidos ante el vacío circundante; híbridos, mezcla de ensayo, literatura de anticipación, delirio pop, Burroughs canturrea, cut-up mediante, una fórmula encantatoria-tecno.

Como todos, Burroughs bucea tratando de encontrar la perla con que pagarse otro culo, no jodamos. Pero aun así es el prócer de la postmodernidad, el profeta turbio de esta síntesis en la que agonizan el rock, el cine, la poesía, el escándalo, la política y la prohibición. Su denuncia es heroica y huele a tongo, a tanga, a cromo y carne asada, a lavandina y ozono. Según él, una mitología para la era espacial. Desde su propio inconformismo retoma la experiencia y como buen chamán predice lo que va a venir, lo que ya llegó hace rato, este estrellado futuro nuestro de cada día.

Federico Barea (Buenos Aires, 1982). Como investigador realizó la bibliografía Todo Córtazar, (2014) junto a Lucio Aquilanti. Compiló para la editorial La Comarca ensayos, cuentos y las experiencias como tallerista de Néstor Sánchez en Ojo de Rapiña (2014), Solos de Remington (2015), Taller de Escritura Poemática (2017), respectivamente. También reunió poemas de Reynaldo Mariani, Jorge Quiroga y Julio Huasi en la editorial del Instituto Lucchelli Bonadeo y las prosas de Ruy Rodríguez y Reynaldo Mariani para la misma editorial. En 2016 apareció en Caja Negra la antología de poetas y narradores Argentina Beat. Como traductor publicó, con Marco Lera, Estrategias de lo bello (Las Cuarenta, 2017) de Mario Perniola. Junto a María Negroni tradujo Hotel Insomnio de Charles Simic (Zindo & Gafuri, 2017) Trece maneras de mirar a un mirlo de Wallace Stevens (Kalos, 2018) Navidad y otros poemas de Erri de Luca (Kalos, 2019). Además, compilaron la poesía completa de H. A. Murena en Una corteza de paraíso, (Editorial Pre-Textos, 2019). 

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