SUPREMACISMO LOCO. Por Robert Chapman

6 enero, 2026

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POR ROBERT CHAPMAN
Traducción de Fran Castignani 

Las personas involucradas en el movimiento de la neurodiversidad han utilizado durante mucho tiempo el concepto de «supremacía aspie» (acuñado por Mel Baggs) para denotar una cierta ideología que, aunque en la superficie pueda parecer una política de liberación neurodivergente, es en realidad un completo anatema para nuestra liberación.

Según entiendo, los supremacistas aspie se definen a sí mismos por el modo en que reivindican aquello que suelen llamar «síndrome de Asperger», «autismo de alto funcionamiento», o simplemente ser «aspie» (es importante señalar aquí que estos términos están ahora quizá obsoletos, pero utilizaremos «aspie» porque queremos describir a personas que a menudo se identifican a sí mismas como tales). En esencia, Fergus Murray resume de manera precisa la supremacía aspie cuando escribe que la misma se basa en la idea de que lxs «aspies» tienen de alguna manera «poderes extraordinarios que no solo hacen que su existencia valga la pena, sino que incluso los hacen mejores que otras personas». En la mayoría de los casos, este proyecto supremacista se basa en la presunta demostración de que su forma de cognición autista es superior a la de las personas autistas que también tienen discapacidades cognitivas o intelectuales, llegando incluso a sugerir que la cognición aspie es superior a la cognición neurotípica.

Lxs supremacistas aspie suelen recurrir también a la lógica evolutiva para justificar su postura y naturalizar su presunta superioridad, presentando ciertas «fortalezas» autistas como adaptaciones evolutivas. Esto refleja la teoría eugenésica y el darwinismo social en general presentes en su caracterización, basados precisamente en la teoría de la evolución por selección natural utilizada para clasificar a las personas y a menudo también a las razas en jerarquías basadas en supuestos rasgos y habilidades naturales. Por tal motivo llamamos a este modo «supremacía» aspie, en el sentido de que refleja también la lógica eugenista presente en los planteos del supremacismo blanco. Decimos supremacía «aspie» (en lugar de «autista»), ya que dicha nominación excluye activamente a muchas otras personas autistas, incluidas aquellas que se perciben como menos inteligentes que la media.

Celebración del Día Internacional del Orgullo Loco, Melchor Romero, Argentina, 2022. Foto de Fran Castignani

Los "supremacistas aspie" se definen a sí mismos por el modo en que reivindican aquello que suelen llamar «síndrome de Asperger». Se basa en la idea de que lxs «aspies» tienen de alguna manera «poderes extraordinarios que no solo hacen que su existencia valga la pena, sino que incluso los hacen mejores que otras personas.

El supremacismo aspie nos plantea muchos problemas. El más importante es que, en lugar de aspirar a la liberación colectiva luchando contra la lógica del capitalismo racial y, por ende, contra el capacitismo y el fascismo, su objetivo es demostrar que un pequeño número de personas autistas se ajusta mejor a sus normas de lo que se ha reconocido hasta ahora. Su orgullo autista es, por lo tanto, de tipo hiperindividualista y competitivo, basado en un constante ejercicio de comparación con las capacidades supuestamente inferiores de las demás personas autistas para justificar su superioridad. Esto no hace más que reforzar la lógica socialdarwinista del capitalismo racial en lugar de desafiar ese sistema, ayudando a unos pocos autistas selectos (casi siempre hombres, cisgénero, blancos, sin discapacidades y de clase media) a ganar más respetabilidad a expensas de otras personas con discapacidad, especialmente aquellas que sufren  marginaciones múltiples.

Una forma útil de detectar la diferencia entre la política de liberación neurodivergente y el supremacismo aspie es, a menudo, fijarse en la fórmula del orgullo que tienen en mente los defensores de cada una. Como defensorx de la liberación neurodivergente, cuando hablo del orgullo discapacitadx (o neurodivergente o autista), me refiero al orgullo en un sentido colectivo: el orgullo por nuestra cultura compartida de discapacitadxs y autistas, por nuestras formas de cuidado, por nuestras historias de resistencia, etcétera. Este tipo de orgullo colectivo no es lo mismo que estar orgulloso, por ejemplo, de mis habilidades o fortalezas individuales, entendidas como superiores a las de otras personas. En resumen, el Orgullo Loco es una herramienta colectiva para luchar contra la vergüenza y el estigma impuestos sistémicamente, no un refuerzo de la lógica cultural del capacitismo que luego se utiliza para desplazar nuestra vergüenza a los demás.

Como persona loca, también entiendo mi Orgullo Loco como un hecho colectivo y cultural. Los eventos del Orgullo Loco a los que he asistido han sido precisamente formas de acción colectiva, celebraciones de resistencia común, etc., no declaraciones de nuestra superioridad. En términos más generales, el movimiento Mad Pride (Orgullo Loco) tal y como yo lo entiendo, encaja más con este tipo de comprensión que con la lógica hiperindividualista de la supremacía aspie. En la mayoría de los casos ha sido así desde el principio. Por supuesto, existen debates complejos sobre el significado exacto y las implicaciones del Orgullo Loco (véase, por ejemplo, este excelente artículo) y es muy importante que estas conversaciones existan. En términos generales, el enfoque colectivo del Orgullo Loco es el que yo asocio con la política de la liberación loca.

Mi interés en este escrito es llamar la atención sobre algo hasta ahora sin nombre, a lo que provisoriamente denomino «supremacía loca». La llamo así porque es más o menos lo mismo que la supremacía aspie, excepto que se centra en la locura en lugar del autismo. La supremacía loca intenta así construir su propio Orgullo Loco demostrando que la locura no es realmente una demencia, una discapacidad o una enfermedad, sino un conjunto positivo de rasgos que son fundamentalmente adaptativos, funcionales o racionales y, lo que es más importante, fundamentalmente diferentes, Incluso hasta superiores a otros tipos de discapacidad.

Para evitar cualquier malentendido, no estoy sugiriendo que todas, ni la mayoría, de las reivindicaciones positivas de la locura sean formas de supremacía loca. Sin duda no lo son. Tampoco lo son todos o la mayoría de los desafíos a los marcos puramente deficitarios o patologizantes con los que solemos abordar la locura. Por el contrario, tanto en relación a la neurodiversidad como en relación a la locura, resulta vital desafiar los modos mediante las cuales se nos ha construido como puramente deficientes o patológicxs, especialmente cuando estos constructos se utilizan para deshumanizarnos, controlarnos y encarcelarnos. A menudo he defendido la reivindicación de la locura y de los diagnósticos ligados a la neurodiversidad, incluso cuando critico los enfoques excesivamente individualistas. En lo que respecta a la supremacía loca, lo más importante es la lógica específica con la que trabajamos, y no tanto la afirmación de que se debe rechazar la patologización o que la locura puede ser una experiencia positiva.

Celebración del Día Internacional del Orgullo Loco, Buenos Aires, 2022. Foto de Fran Castignani

El Orgullo Loco es una herramienta colectiva para luchar contra la vergüenza y el estigma impuestos sistémicamente, no un refuerzo de la lógica cultural del capacitismo que luego se utiliza para desplazar nuestra vergüenza a los demás.

Para comprender la lógica de la supremacía loca, es interesante considerar que, en cierta medida, dicha lógica se basa en lo que he denominado la «crítica comparativista» de las enfermedades mentales, que se encuentra principalmente en la corriente libertaria szasziana de la antipsiquiatría y la psiquiatría crítica. Como he detallado ampliamente aquí, se trata de una crítica «comparativista» porque la misma se basa en la comparación de lo que normalmente se denomina trastornos mentales con las enfermedades físicas, con el fin de demostrar que los primeros no son trastornos «reales» y que, de hecho, son formas de funcionamiento relativamente normales. Si bien cuestionar la patologización no es en sí mismo un problema, y aunque las comparaciones son, por supuesto, útiles en algunas ocasiones, este argumento se distingue por invocar una concepción naturalizada de la enfermedad y de la discapacidad física como algo intrínsecamente deficiente, para luego afirmar que la enfermedad mental es en realidad comparativamente normal, significativa, etcétera. Es otra forma de decir: nosotros no somos como ellos, nosotros somos normales y ellos no. Al intentar demostrar que el trastorno mental es comparativamente superior en su funcionamiento en relación a la discapacidad física, la crítica comparativista tiende a reforzar la lógica capacitista (por no mencionar su compromiso con un tipo de esencialismo corporal asociado a la transfobia, etcétera).

La supremacía loca probablemente se remonta a los esfuerzos por asociar la locura (blanca) con la «genialidad» en la Europa del siglo XVIII. Pero hoy en día, los supremacistas locos pueden encontrarse con mayor frecuencia en las redes sociales o en los foros de internet. Aunque no existe un arquetipo perfecto, los supremacistas locos en general suelen tener varias características comunes. En primer lugar, al igual que los supremacistas aspie, suelen ser (tanto social como epistémicamente) hombres, de clase media, blancos, cisgénero y sin discapacidades, o lo más parecido posible a este arquetipo. Por lo general, niegan rotundamente que su forma preferida de locura sea una enfermedad, una discapacidad o una demencia, comparándola con personas cuyos cuerpos o mentes consideran natural y objetivamente disfuncionales, lo que sugiere que su forma preferida de locura es comparativamente superior en términos de ser más significativa, funcional o racional. Al igual que los defensores de la crítica comparativista, también tienden a compartir otros compromisos políticos similares (como una concepción naturalizada del binario de género) que se basan en lógicas estrechamente relacionadas. Al igual que los supremacistas aspie, el orgullo de los supremacistas locos no se basa en la historia, la cultura y la resistencia colectivas, sino en su presunta superioridad cognitiva sobre otros grupos sociales.

Aunque el supremacismo loco ha permanecido generalmente al margen del activismo loco, puedo observar una mayor influencia de esta posición que hace unos años. De hecho, recientemente se ha publicado en una revista académica algo parecido a este tipo de argumento. En su artículo “Madness and Idiocy (Locura e idiotez), el profesor de filosofía Justin Garson —quien, en línea con el enfoque supremacista aspie, ha dedicado mucho tiempo a argumentar que la locura y ciertas formas de neurodiversidad son en realidad adaptaciones evolutivas— propone precisamente que el Orgullo Loco podría basarse en una comparación entre la locura y la «idiotez» (un término antiguo que denota aproximadamente a las personas con discapacidades cognitivas o del desarrollo) que explora en la filosofía moderna tardía. Para establecer esto, Garson cita una variedad de opiniones tardomodernas relacionadas, como por ejemplo un texto de 1818 de Heinroth, que distinguía la locura como «alteraciones de la vida del alma» de la idiotez, por la cual «las vidas del alma […] nunca han comenzado a existir» (1818). Pero lo más importante para Garson es que, en este periodo, la idiotez se asoció cada vez más con un intelecto por debajo de la «media» y la ausencia de razón, mientras que la locura se vinculaba cada vez más con una inteligencia media o superior y una racionalidad simplemente alterada (pero no ausente).

Teniendo en cuenta estas opiniones, el argumento de Garson se basa en la idea de que, en lugar de contrastarse con la cordura, como se hace habitualmente hoy en día, la locura puede contrastarse con la idiotez, tal y como se hacía en la época moderna tardía. Desde este punto de vista, podemos ver que la locura, a diferencia de la idiotez, es en realidad una forma específica de razón (y, por lo tanto, de cordura) más que una falta de ella. Basándose en esta contrastación —y este es quizás su punto clave—, Garson sugiere que la misma puede proporcionar una nueva base filosófica para el Orgullo Loco. Es decir, asocia la filosofía del Orgullo Loco con la demostración de que la locura puede ser realmente una forma de racionalidad, en lugar de ser, como la idiotez, tal y como la define su división, una ausencia de razón o intelecto. Como persona loca, según esta lógica, debería ligar mi orgullo individual a mi racionalidad (o, al parecer, a mi inteligencia superior a la media), en contraste con el modo en que se entendía a los llamados idiotas en el periodo moderno tardío.

La supremacía loca probablemente se remonta a los esfuerzos por asociar la locura (blanca) con la «genialidad» en la Europa del siglo XVIII. Pero hoy en día, los supremacistas locos pueden encontrarse con mayor frecuencia en las redes sociales o en los foros de internet.

Para cualquiera que esté familiarizado con los postulados del supremacismo loco, será difícil no ver en ellos un gran parecido con los argumentos que esgrimen los supremacistas aspie en relación con el autismo y la inteligencia. Espero que muchxs de nosotrxs seamos especialmente cautelosxs con los argumentos que se basan en descripciones acríticas y deshumanizantes de las personas con discapacidad cognitiva, tal y como sucede en el texto de Heinroth citado anteriormente. Muchxs de nosotrxs también rechazamos una ecuación para el Orgullo Loco que excluya por definición a las personas con discapacidad cognitiva. Dicho esto, aunque Garson se refiere como una «definición superior y refinada de la locura», no llega a respaldar plenamente la utilidad de esta fórmula para el Orgullo Loco (ya que la misma justificarla iría más allá del alcance de su artículo). En el mismo sentido, sugiere que no pretende insinuar algo sobre el valor de las personas con discapacidad cognitiva en la actualidad (aunque no está nada claro por qué no sería así, ya que esa es precisamente la lógica en la que se basa y que reproduce). Por tanto, y hasta qué punto Garson respalda realmente las implicaciones de la lógica que propone es algo que queda como un misterio.

En la misma revista, Awais Aftab ha respondido a Garson que el Orgullo Loco no tiene por qué centrarse en demostrar la racionalidad de uno y que, en la práctica, a menudo se trata más bien de política y resistencia. En respuesta, Garson escribe que «no ve cómo cualquier forma de activismo loco puede llevarse a cabo sin adoptar un punto de vista sobre la locura que la reconozca como constituida en parte por la racionalidad». Sin embargo, creo que ahí radica el problema. No es que niegue que la locura pueda estar impregnada de razón (de hecho, no lo niego). Tampoco se trata simplemente de que esta no sea la cuestión que define si se puede encontrar el Orgullo. El punto más profundo a prestar atención es que cualquier lógica que requiera sacrificar a otrxs (eugenésicamente) para establecer el orgullo en nuestra supuesta superioridad debe ser rechazada, al menos por aquellxs de nosotrxs que nos preocupamos por la liberación colectiva.

De hecho, no creo que el Orgullo Loco necesite alguna justificación. Es algo que hacemos, no algo por lo que pedimos permiso. Sin duda, para mí —aunque quizá no para todo el mundo— las culturas locas a las que pertenezco y de las que me siento orgullosx no se definen por una superioridad intelectual o una racionalidad comparativa, sino más bien por nuestra resistencia compartida a los propios sistemas y aparatos que producen ideológicamente la racionalidad. Y dado que la racionalidad en sí misma forma parte de las lógicas de opresión, este no es un club de élite al que me gustaría unirme antes de tirar la escalera.

No está claro cuán extendida está la supremacía loca. Según mi experiencia, parece restringirse en gran medida al núcleo de los países imperiales. Pero vivimos en una época de auge del fascismo y de todo lo que ello conlleva. De lo que estoy segurx es de que, lejos de liberarnos, las lógicas basadas en la supremacía, aunque hayan ayudado a un pequeño número de locxs a ganar un poco más de respetabilidad, no dejan de reproducir la ideología y los sistemas de dominación que sostienen y alimentan el cuerdismo y el capacitismo.

Texto Original: https://criticalneurodiversity.com/2024/02/19/mad-supremacy/

Robert Chapman nació en Inglaterra. Es un filósofx y teóricx social interesadx en la neurodiversidad, la salud mental, las humanidades médicas y la teoría crítica marxista. Su investigación se centra mayormente en la discapacidad, la neurodivergencia y la locura, y fue difundida en medios como Vice, Discover y Forbes. Impartió clases en la Universidad de Bristol, en el King’s College de Londres, en la Universidad de Essex y en la Universidad de Sheffield Hallam. Actualmente es profesorx de Estudios Críticos de Neurodiversidad en el Instituto de Humanidades Médicas de la Universidad de Durham. Su investigación doctoral fue financiada por la Fundación Shirley y versó sobre la filosofía y la ética del autismo. El imperio de la normalidad es su primer libro traducido al español.

De la traducción:

Fran Castignani es politólogx, docente (UBA), traductorx independiente y escritorx. Actualmente participa y activa en la plataforma colectiva y neurodivergente Orgullo Loco Buenos Aires y en el Grupo de Estudios Culturales sobre Neurodiversidad, junto a Nicolás Cuello. Durante los años 2017 y 2018 fue becarix del Programa de Estudios Independientes (PEI) sito en el MACBA (Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona), así como de la Wurttembergischer Kunstverein Stuttgart (ALE) y del Centro de Arte Hangar (Barcelona, ESP). Sus ensayos, artículos y traducciones aparecieron en diversos medios y plataformas de Argentina y el exterior. Integra el equipo editorial de la Editorial El Olmo y las Peras, dedicada a publicar traducciones y primeros libros de poetas. Actualmente brinda talleres públicos y privados sobre pensamiento contemporáneo en diversos espacios de Buenos Aires, lugar donde reside. En 2025 publicó el poemario Otra forma de avanzar (Buenos Aires, Ed. El Olmo y las Peras).