LA PISTA DE BAILE COMO LABORATORIO SENSORIAL

LA PISTA DE BAILE COMO LABORATORIO SENSORIAL 

Por Diego Villa Diamante 

Abro mi edición de Retromanía y la única página que subrayé de todo el libro dice: “¿Puede ser que el peligro más grande para el futuro de nuestra cultura sea… su pasado?”.

Retromania es un libro fundamental que me ayudó a repensar lo que venía haciendo desde mi lugar de DJ, productor de mashups y amante de hacer bailar a la gente. Yo venía trabajando de forma lúdica, y al leer el libro de Simon me encontré con un montón de ideas que no hicieron más que abrirme horizontes, ayudarme a pensar en la pista de baile como un laboratorio en el que cada tema con una referencia cultural clara activaba algo en el inconsciente colectivo de lxs bailarines, jugando a una antropología musical en tiempo real. Claro, la gente estaba bailando, tomando algo, fumando, seduciendo… y yo estaba pensando en las diferentes combinaciones entre The Smiths, Damas Gratis, 50 Cent o IKV e intentando ver qué le pasaba a los bailarines con esta ensalada freestyle de diferentes protagonistas de la cultura pop.

Soy DJ y productor de mashups e intento que en mis sets las referencias culturales sean de lo más disímiles y claras para generar alguna sensación intensa en quien está bailando, para sorprenderlo con un tema que lo lleva a otro tiempo, a otro momento de su vida. Es muy estimulante. Todo esto sin llegar a hacer de mis sets “La Noche de la Nostalgia” y buscando que esos temas que te llevan a los 80s, 90s o early 2000s sean pequeños guiños, samples o remixes contemporáneos que saquen de contexto ese hit de tu adolescencia: Ace Of Base en reggaeton, Babasónicos en cumbia santafesina, Portishead en trap o Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en moombahton. Todas versiones con ritmo intenso, producción digital acomodada para que suene modelo 2020 en las pistas de baile. Esa fina línea que divide la referencia cultural de la nostalgia, que hace que el guiño cómplice al pasado se vuelva un lloroso “todo tiempo pasado fue mejor” es sumamente peligrosa y varía respecto a cada receptor y contexto. En tiempos de pandemia, cuarentena y aislamiento social preventivo y obligatorio, en el que pasé de tocar para cientos de personas bailando, rozando sus cuerpos al compás del beat, a un montón de personas encerradas en sus casa conectadas por una pantalla, esa línea se perdió y con poner un hit del verano pasado ya caemos en la nostalgia de esa libertad perdida, de la vida sin COVID, de cuando nos juntábamos con amigues sin restricciones.

Hasta La Pista es la forma que encontramos con Carla Sanguineti, devenida en plena pandemia en VJ Baby Call, para continuar con nuestro agite cultural, seguir en contacto con otrxs artistas y hacerle compañía a un montón de personas en plena cuarentena. Transmitiendo en vivo desde Youtube en un formato audiovisual (música, conducción y visuales en pantalla) el primer mes nos encomendamos de forma épica a hacer emisiones todos los días a las 23 horas, total, ¿cuánto puede durar una cuarentena? ¿40 días? ERROR. La cuarentena ya lleva más de 200 días y nosotros más de 100 emisiones.

Con la sensibilidad a flor de piel, bailando frente a una pantalla, aislado de tus amigues, cualquier canción que estés bailando te lleva a otro tiempo. Esa nostalgia casi se convierte en un mimo, en un pequeño consuelo y por qué no un poco de esperanza de poder volver a compartir una cerveza del pico sin pensar que te vas a contagiar y luego tus padres también y todos vamos a morir.

La forma de consumir cultura cambió, la forma de bailar cambió y la forma de entender el consumo de esa retromania de la que hablaba Reynolds también cambió. Imagino que la década del 2010 y un montón de casos de retromania al palo le darán al querido Simon material como para un segundo volumen de su libro en el se explique cómo Youtube, Spotify y el algoritmo hacen estragos en el consumo contemporáneo de música. Imagino sin dudas un capítulo en el que hable de cómo la música actual se acomoda a las disposiciones de las plataformas digitales, y de cómo la estructura de los temas cambia para que el consumidor se quede el tiempo suficiente escuchando esa canción para que Spotify le pague al artista una escucha completa. De cómo la producción digital se estandarizó y los productores musicales se convirtieron en type beats de sus propios temas. 

Me sigo preguntando por qué subrayé: “¿puede ser que el peligro más grande para el futuro de nuestra cultura sea… su pasado?” ¿Por qué me interpelaba tanto esa frase? Debo confesar que nunca subrayo mis libros, pero algo había ahí que me quedó resonando todos estos años.

Villa Diamante es un referente de la cultura musical en Argentina. Desde hace más de 15 años se destaca como DJ, productor, programador y curador, siendo cabeza de emprendimientos colectivos como ZZK Records, Mercurio Disquería, los Bellos Jueves en el Museo de Bellas Artes y el Combinado Argentino de Danza. Desde 2018 conduce musicalmente Por Amor Al Baile, ciclo de verano del Centro Cultural Recoleta que pone a bailar más de 8000 personas en el espacio público con entrada libre y gratuita. También es residente semanalmente en La Grande y Avant Garten, espacios donde despliega su capacidad como sommelier de amplios sabores musicales. Todos sus proyectos se caracterizan por seleccionar y dar a conocer al gran público artistas emergentes y experimentar a través de la música el encuentro de las formas de expresión artística.

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Por Osvaldo Baigorria 

Un libro de Caja que disfruté mucho en 2019 fue Del infinito al bife, la biografía coral de Federico Manuel Peralta Ramos que armó Esteban Feune de Colombi después de recoger –si no conté mal– 174 testimonios sobre aquel “pedazo de atmósfera” a través de todas las vías posibles: teléfono fijo y móvil, mensajes de texto, redes sociales, mails, fragmentos de artículos y entrevistas presenciales a amistades, familiares, mozos de bar, cineastas, actrices, artistas, músicos, poetas, críticos, etc.

Por razones de diferencia en clase social, edad, lejanía y tal vez prejuicio, fui de aquellos que no se acercaron a la Recoleta ni a la Manzana Loca de Buenos Aires en los años 60-70, y por lo tanto no pude conocer al Niño Federico. También por suspicacia contracultural, su aparición televisiva como un grandote de cara seria, peinado prolijo, traje, corbata y ojos alucinados en los programas de Tato Bores no despertó mi interés en aquel momento, salvo por la gracia con la que desarmaba las costumbres con las armas del absurdo. Pero las anécdotas y el rumor de elite acerca de sus chistes, charlas, recitados y canciones imprevistas en La Biela, el Florida Garden o la Galería del Este, lo hicieron cada vez más insoslayable en la bohemia porteña y finalmente tuve que rendirme a la evidencia: aunque su capacidad como humorista pudo haber opacado cierto rol precursor como artista conceptual y también el lugar anómalo que ocupó como poeta, todo el conjunto de sus intervenciones finalmente lo mantuvo vivo en el firmamento del mito.

Las leyendas abundan y las historias también. De aquel célebre banquete que dio en el Hotel Alvear para veinticinco personas en 1968, en el que se supone que dilapidó los 6000 dólares que había ganado con la beca Guggenheim pero que en realidad fue solo uno de los gastos de ese dinero –si bien el más resonante– entre otros como la compra de cuadros, ropa y grabación del disco Soy un pedazo de atmósfera, algunas voces dijeron que fue una “cena paqueta”, otras que había solamente milanesas con papas fritas, y otras que hubo invitados que en realidad no estuvieron. De su compra del toro campeón charolais en un remate de la Sociedad Rural en 1966 sin tener fondos propios con la idea de exponerlo como obra de arte en el Instituto Di Tella, algunos creen que realmente lo expuso, pero de hecho su padre tuvo que anular la operación y confinar temporalmente al “loquito” en una clínica psiquiátrica. El doctor Rojas-Bermúdez lo asistió para atravesar esa y otras crisis: lo diagnosticó como “psicodiferente”. También lo ayudó el haloperidol. Y unos cien dólares mensuales que aportaba su papá y que el Niño Federico a veces gastaba en pocos días, para luego vivir de préstamos de amigos. Oligarca de nacimiento pero no por adopción de valores, su cuna de origen lo sostuvo en la verosímil autodefinición “tengo una incapacidad innata para ganarme la vida”.

Como maestro de la respuesta desplazada e incongruente pero rara vez cínica, Federico parece haberse formado como un performer que pulió reflejos en cafés, cabarets y encuentros casuales. Si alguien le preguntaba qué planes tenía para para el año siguiente, diría “estar presente”. Si la cuestión era qué podíamos hacer frente al sida, “masturbarse hasta que aclare”. Si le preguntaban cómo se hacía la paja, “con las uñas pintadas”. En cuanto a la pregunta por si creía en la vida de la muerte, respondía: “sí, hay otra vida, pero es carísima”.

El libro de Feune de Colombi es eficaz en su distribución de peripecias y reflexiones, ya que en vez de agotar la lectura con largas exposiciones, despliega los testimonios en textos breves, a veces de una frase mínima y siempre inferiores a una página, con lo cual se arma una historia de vida que cuenta con un índice onomástico de entrevistados y una cronología final con datos biográficos duros.

Lo más cierto de todo es que en épocas siniestras, ese anarco aristrócrata de espíritu supo  desestructurar las convenciones y burlarse de la autoridad y la frivolidad con ternura. “¿Qué es el arte?” se preguntaba en un poema. Su respuesta: “Hacer reír y pensar”. Una respuesta de niño. De lindo niño.

Osvaldo Baigorria. Nació en Buenos Aires en 1948. Entre 1974 y 1993 vivió en Perú, Costa Rica, México, Estados Unidos, España, Italia y Canadá, desempeñándose en este último  país como sembrador de árboles, traductor y asistente en programas de ayuda a refugiados de la Argenta Society of Friends y miembro cofundador de una comunidad rural en los bosques al oeste de las  Montañas Rocosas. También recibió becas de estudios para desarrollar proyectos de investigación sobre narrativas aborígenes, minorías y medios de comunicación. Escribió y colaboró en diversos medios, entre ellos las revistas Ñ, Crisis, Cerdos & Peces, El Porteño, Ajoblanco, Mutantia, Uno Mismo, Página/30 y en los diarios Página/12, Perfil, El Independiente El Mundo. Publicó, entre otros libros, En pampa y la vía, Correrías de un infiel, Sobre Sánchez, Poesía estatal y Cerdos & porteños. En la actualidad es docente universitario, titular de cátedra en la carrera de Comunicación, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires.

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Por Mercedes Halfon 

Lxs amigxs de Caja Negra me propusieron que escriba sobre Ningún lugar a donde ir, editado por ellos por primera vez en castellano en el año 2008. Me gusta escribir sobre un libro que no es una novedad. Que hace mucho que está en las librerías y sobre todo, en las bibliotecas de otros lectores, muchos de ellos amigxs míos y otros que podría considerar cercanos, por el simple hecho de ser devotos de este artista enorme y extraño que es Jonas Mekas. Cuando se editó el libro, yo era estudiante y una periodista cachorra, no creo haber tenido la menor posibilidad de escribir sobre él en ningún lado. Pero me conseguí el libro y lo leí, posiblemente en unas vacaciones de verano. En ese espacio incierto que se abre sin obligaciones ni inminencias me adentré en este diario, que su autor escribió en la juventud y publicó muchos años después, cuando ya era un artista consumado. Por muchas razones es un libro único, la experiencia de Mekas es la de muchos europeos desplazados en el fin de la Segunda Guerra Mundial, pero sus vivencias y el modo de narrarlas, lo hace diferente a todas las demás. Creo que al toparme con las primeras páginas –una lectura de la que no iba a tener que dar cuenta a nadie, ahora que lo pienso, fue mucho mejor así– me di cuenta de que estaba ante una voz que iba a cambiar mi manera de relacionarme con las palabras, los objetos y las imágenes para siempre, que su vida iba a acompañar a la mía, a iluminarla, a señalar las elecciones correctas, aun en su diferencia radical, en lo incomparable de sus experiencias.

Fue hijo de una familia de campesinos lituanos, poeta y estudiante de filosofía, pero la Segunda Guerra Mundial partió su vida a la mitad. En 1944, un Mekas extremadamente joven, que aún vivía en Semeniškiai, escribió textos para un boletín clandestino que denunciaba las actividades alemanas en su país. Si bien escondió la máquina de escribir con que habían realizado la publicación bajo una pila de troncos en el patio de su casa, la máquina fue robada. Antes de ser identificado como el autor de esos textos, tuvo que huir junto a su hermano Adolfas. Tanto los nazis como los soviéticos eran un peligro para él. Así  inició una errancia durante algunos meses que se convirtieron en años y luego en décadas, sin poder volver a su Lituania natal. Toda esta historia es la que narra en su extraordinario diario Ningún lugar a dónde ir: el viaje que en emprendió a través de Europa destrozada, una migración difícil pero que nunca termina de ser del todo dramática, porque Mekas siempre está dispuesto a ver más de lo que hay, a tener una reflexión más hermosa, más singular, siempre lejos de la desesperación, buscando los lugares de intensidad y de vida.

Vuelvo a la imagen de la máquina de escribir escondida bajo una pila de troncos. No puedo explicar por qué, pero me parece que condensa algo del poder de Mekas: su ética siempre un poco anarquista, silvestre, poética, de una belleza difícil de igualar.

El diario comienza diciendo: “No soy un soldado ni un partisano. No estoy apto física ni mentalmente para ese tipo de vida. Soy un poeta. Que los países grandes luchen. Lituania es pequeña. En toda nuestra historia las grandes potencias han marchado sobre nuestras cabezas. Si uno se resiste o no tiene cuidado, termina convertido en polvo bajo las ruedas de Oriente y Occidente. Lo único que podemos hacer los pequeños es, de alguna forma, intentar sobrevivir.” 

Ese mensaje, todavía hoy resuena en mi cabeza. Imposible no conmoverse con esa aguerrida defensa de lo pequeño, lo indeterminado, lo marginal. El relato de las vidas que existen al costado de los grandes poderes y las grandes luces, que se sostienen en su no protagonismo, que son testimonios a contrapelo, que hacen de la sombra su fortaleza.

El poeta finalmente logra la salida al mar y llega a Nueva York, imantado por las luces que ve desde el océano. Y ahí se queda hasta el fin de sus días. Aunque una vez allí, no terminan sus problemas. Exiliado y pobre, trabaja como obrero, luego se convierte en fotógrafo y tiempo más tarde en cineasta experimental, llevando su clásica Bolex a todos lados. Todo este comienzo también es narrado en el diario. Es curioso, en cada objeto artístico suyo –libros, películas, entrevistas– las condiciones de su vida –lituano, exiliado, obrero, artista– se dan a la vez, superpuestas, ninguna de sus experiencias se olvida sino que se eleva a una instancia superior. Eso lo convierte en una voz tan poderosa, tan sabia, de tanta originalidad. Y esto literalmente. ¿Cómo olvidar acaso su voz, en los off de sus películas? El inglés extrañamente pronunciado, lento, como si se tratara de versos que un poeta no está leyendo, sino que está recordando.

En algún momento Ningún lugar adonde ir estuvo agotado. Y con un grupo de amigas con quienes compartíamos un taller de poesía decidimos hacer un grupo de Facebook para luchar por su reedición. La lucha fue breve, la verdad. Al notar el interés, lxs amigxs de Caja Negra pusieron manos a la obra. Y el libro volvió a salir, a ser novedad otra vez, con otra tapa y nuevos comentarios. Yo tengo la primera, con colores celestes casi plateados y un destello rosado en un extremo, que es como esos glimpses de los que Mekas habla en sus películas, atisbos de belleza con los que se iba encontrando a medida que vivía. Pero otros pudieron recién en ese momento hacerse de la segunda edición. Y leerla. Y escuchar esa voz que dice “¡Huyamos al oeste! ¡Al oeste!”. Esa voz es la que se pone en marcha, siempre de nuevo, siempre cargada de belleza, nada más empezar a leer Ningún lugar a donde ir.

Mercedes Halfon nació en Buenos Aires en 1980. Es escritora, periodista cultural y curadora en artes escénicas. Escribe en el suplemento Radar de Página/12. Es docente de poesía en la carrera Artes de la Escritura en la UNA. Es curadora del ciclo teatral Invocaciones, en el Centro Cultural San Martín. Dirigió en colaboración con Laura Citarella el film Las poetas visitan a Juana Bignozzi, ganador del premio a Mejor Director en el Festival Internacional de cine de Mar del Plata. Ha publicado los libros de poesía Hebilla de pasto (2012, Vox) y Lámparas ideales (2019, Ediciones Liliputienses, España) Sus novelas El trabajo de los ojos (2018) y Diario Pinchado (2020) fueron publicadas en Argentina, Chile y España. 

Foto: Catalina Bartolomé

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ALEXANDER KLUGE Y SU JARDÍN DE GENTE

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Por Fabián Casas 

Cuando se fundó lo que después sería denominado como la Escuela de Fráncfort, varios de los principales animadores de ese movimiento estaban fascinados con el joven Marx. Para Erich From y Herbert Marcuse, por ejemplo, la lectura de los textos juveniles de Marx fueron centrales a la hora de ponerse a “realizar” la filosofía. Adorno no estaba tan fascinado por el joven Marx, pero pensaba igual —en su ensayo “Sobre la situación actual de la música”, de 1932— que el capitalismo era un lugar donde todos los caminos estaban cerrados, donde los seres humanos no podían acceder a la vida propiamente dicha. Creo que gran parte del catálogo de los libros que viene publicando Caja Negra en la Argentina habla de este tema central. El capitalismo es un virus que no puede ser derrotado, así que hay que encontrar la manera de convivir con él, tratando de rescatar esa potencia que nos habita y que muchos llaman “vida”. Adorno, dice Alexander Kluge en su hermoso libro El contexto de un Jardín, no sabía tomarse solo ni un tranvía. Y lo recuerda, también, como una persona “que vivió la vida poco práctica de quién ha sido un niño sobreprotegido”. Alexander Kluge es un heredero del inconformismo de la Escuela de Fráncfort. Pero a diferencia de muchos de estos teóricos, tiene la prosa y la sabiduría no de los filósofos (que a veces agobian con sus estructuras sintácticas paratácticas), sino la de los poetas. El libro de Kluge, finito, que es el compendio de una serie de discursos que el escritor dio al recibir algunos premios, es una muestra contundente de lo bueno que es que una determinada persona, con un amplio y riquísimo vocabulario espiritual, se ponga a trabajar en contra de la grieta y a favor de tender “puentes” y de la “hospitalidad” de la escucha. El contexto de un jardín tiene que lidiar con las malas hierbas, las plantas carnívoras y venenosas del siglo XX: las guerras mundiales, las guerras zonales, los atentados terroristas y la poca confianza que a uno le queda con la raza humana. Kluge es un dulce escritor de resistencia. Alguien puesto a pensar qué hacer con “los huecos que deja el Diablo”. En sus discursos funda una antirretórica tan propia de estos eventos donde alguien se pone a hablar para cumplir. Para Kluge, la oportunidad de hablar frente a un público (es decir, dentro de la esfera pública) es casi un género nuevo. Y cuando lo hace sobre escribir, dice cosas como esta: “¿Qué es un autor literario? Un autor literario es alguien que en la infancia escuchaba historias que le contaban. La narración inmediata, la escucha atenta, el ímpetu del discurso vívido del adulto: eso es la modulación, el ser a la luz del cual internamente decidimos entre importante y no importante, corto o largo, aceptación o resistencia”. Epicuro jamás soñó las tragedias con las que tuvo que lidiar Kluge para construir su “spinettiano”  jardín de gente. En el texto sobre Adorno, Kluge habla sobre la Dialéctica de la Ilustración, donde se escribe “sobre la génesis de la estupidez”. Dice: “La inteligencia, la curiosidad despierta, el corazón de la filosofía, son comparados allí con la antena de un caracol. Este es un atributo que no solo tienen los seres humanos, sino también los animales. Este espíritu despierto solo se atreve a salir “con extrema cautela”. Si es lastimado, si lo amenazan el espanto o el terror, vuelve a replegarse en su casita. Desde afuera se ve como estupidez. También da la impresión de pereza y pasividad, pero en su sustancia es solo otro grado de agregación de lo vivo”. Para Kluge, reforzar ese carácter delicado es el trabajo de la formación cultural.

Fabián Casas nació en Boedo en 1965. Es poeta, narrador, ensayista y periodista. Publicó Horla City y otros. Toda la poesía 1990-2010, La supremacía Tolstoi, Ensayos bonsai, Ocio, Los Lemmings y otros y Titanes del coco. Fue guionista de la película Jauja, dirigida por Lisandro Alonso y protagonizada por Viggo Mortensen. Es hincha de San Lorenzo.

 

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Por María Negroni 

Inventor de falanges, mobiliarios celestes, alfabetos pasionales, super-niños, olimpíadas culinarias, y muertos transmundanos, Fourier siempre me pareció insuperable. Boris Groys, el autor de Volverse público, me sacó de ese error en uno de sus capítulos, “Cuerpos revolucionarios”. 

Al parecer, varios físicos y filósofos, que actuaron y pensaron durante la Revolución Rusa, consiguieron sobrepasar sus fantasías, llevando la quimera al plano estrictamente político. Me refiero, sobre todo, a Aleksander Bogdanov y Nikolai Fiodorov.

De Aleksandr Bogdanov sabemos que fue físico y amigo de Lenin, y que fundó y dirigió en los años veinte un Instituto para la Transfusión de Sangre, con el que esperaba aminorar el envejecimiento o detenerlo por completo. Su objetivo era impulsar una solidaridad intergeneracional. Sin eso, pensaba, resultaría imposible imponer una sociedad más justa.

El segundo, que formuló por primera vez el derecho a no morir, otorgándole carácter de reivindicación legítima, tenía una confianza ciega en la tecnología y su objetivo era alcanzar la vida eterna para todos. Su lema era incontestable: “No a la discriminación de la muerte”. Solo garantizando la perdurabilidad de las generaciones futuras y resucitando artificialmente a los muertos, existiría una real equidad entre los integrantes de la sociedad, y se eliminarían por completo los privilegios.

Fiodorov consideraba que la Revolución tenía una falla fundamental. La inmolación de las generaciones actuales en beneficio de las futuras representaba para él una indignante injusticia histórica: el socialismo como explotación de los muertos por los vivos.

No fueron los únicos que formularon ideas de este tipo. Aleksander Svyatogor, líder del grupo anarquista ruso “Inmortalistas”, también abogaba por los derechos humanos asociados a la existencia (inmortalidad, resurrección y rejuvenecimiento). Coincidía con Fiodorov en que el Estado debía garantizar tales derechos para hacer viable el verdadero socialismo. La muerte, afirmaba, separa a la gente y la propiedad privada no puede ser eliminada mientras cada ser humano detente un fragmento privado de tiempo.

La inventiva, digamos, tenía su lógica y no faltaron adeptos que llevaron el delirio, si cabe, aún más allá. Hubo quienes promovieron una sociedad de inmortales a escala interplanetaria, otros que dedicaron textos a la patrificación de los cielos, es decir a la conversión de los astros en lugares habitables para nuestros padres resucitados, y otros que, anticipándose a Benjamin, vieron en el “copiado” el método ideal para la producción artificial de la vida eterna.

Se recordará que Bram Stoker había publicado, pocos años antes de estos desvaríos, su novela Drácula. El dato importa porque esa novela pasa concisa revista a las ventajas y, sobre todo, las desventajas de la inmortalidad. Su personaje, el famoso vampiro de Transilvania, oscila entre la potencia depredatoria y la vulnerabilidad de la orfandad, la soledad y el deseo, revelando, con sus incontables padecimientos, que la eternidad no alcanza para suprimir o enmendar la carencia metafísica que nos constituye.

Fausto, Frankenstein, El Golem, El retrato de Dorian Gray (para citar solo algunos ejemplos memorables) confirman, si fuera necesario, esta penosa verdad y vuelven patente la ambivalencia humana ante la utopía de la perduración sin límites.

Visto desde esta perspectiva, el vampiro de Bram Stoker sería simultáneamente la premonición inglesa de estas quimeras rusas, su signo distópico, y la advertencia de que la desmesura, como nos enseñó Goys (y Andrei Platónov en su novela La excavación), siempre engendra monstruos. Es también un sutil recordatorio de que la literatura y, por extensión el arte y los sueños, mantienen con la política una relación mucho más compleja de lo que se cree. 

Descargá “Cuerpos inmortales”, incluído en Volverse público, de Boris Groys. 

María Negroni. Nacida en Rosario en 1951 es escritora, poeta, ensayista, profesora y traductora. Doctorada en Literatura Latinoamericana en Columbia University, vivió durante muchos años en Nueva York, dedicándose a la actividad académica y a la escritura. En 1994 recibió la Beca Guggenheim en poesía. Ha sido traducida al inglés, francés, italiano y sueco. Ha publicado ensayos como Museo negroGalería fantástica y Ciudad gótica y novelas como El sueño de Úrsula y La anunciación, además de varios volúmenes de poesía. En 1997 ganó el Premio Nacional del Libro Argentino por El viaje de la noche, en 2002, el PEN Award al mejor libro de poesía en traducción por Islandiay recientemente recibió el Premio Konex en Poesía. En la actualidad, dirige la Maestría en Escritura Creativa de la UNTREF

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